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Guantes
para la amada
Lucía Sanz Araujo
Ilustración:
Jesus
Imprescindibles en las operaciones quirúrgicas, los
laboratorios y otras profesiones resultan hoy los guantes de
goma. Sin embargo, ¿sabes que detrás de su creación se esconde
una historia de amor?
A
finales del siglo XIX, exactamente en el año 1889, en la ciudad
norteamericana de Baltimore, ejercía como profesor de cirugía el
doctor William Steward Halsted. Hombre de modales
aristocráticos, elegante vestir y autor de la técnica de la
mastectomía que lleva su apellido, conoció en el hospital a
Caroline Hampton, una joven enfermera.
Ambos coincidían casi a diario en el quirófano y al poco tiempo
se enamoraron.
Todo marchaba sin contratiempos hasta que Caroline comenzó a
padecer de una aguda dermatitis, la cual derivó en eczemas y
ulceraciones a causa de las soluciones de cloruro de mercurio
conque se desinfectaba las manos y esterilizaba el material
quirúrgico.
Desesperado, Halsted trató de curar a su amada con todo tipo de
pomadas, pero sus esfuerzos fueron infructuosos.
Un buen día, recordó que los patólogos realizaban autopsias con
unos toscos guantes de goma, y ni corto ni perezoso contactó con
la compañía Goodyear Rubber – en la actualidad productora de
neumáticos- para encargarle la fabricación de unos guantes
especiales de goma muy fina.
El pedido fue cumplido. Estos, no hacían perder el tacto,
protegían las manos y podían esterilizarse al vapor a altas
temperaturas.
Muy pronto, sus ventajas se hicieron evidentes al mejorar la
asepsia del campo quirúrgica pues se evitaba que el operado
entrara en contacto con las pequeñas heridas de las manos del
médico o las pequeñas acumulaciones bacterianas presentes debajo
de las uñas.
Así, los guantes, convertidos en una segunda piel, se han vuelto
imprescindibles no solo en todas las salas de operaciones, sino
también en otras profesiones como la de los criminalistas,
laboratoristas y otros.
La historia de Halsted y Caroline tuvo un final feliz: en 1890
contrajeron matrimonio.
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