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DE CUBA...                                                          Trabajos Anteriores

De la tijera a la computadora

Gladys J. Gómez Regüeiferos
Ilustraciones: El Mola


Ahora, cuando festejamos nuestro 45 aniversario, me gustaría que conocieras, a grandes rasgos, el modo en que se hacía tu revista hace apenas unos años.

Entonces, la tijera tenía una posición privilegiada porque todo se hacía a mano. Sobre la mesa de trabajo: la pauta con la medida exacta de la página doble o sencilla, un bisturí, el centropén, la goma de pegar especial y el disolvente.

Se trataba de un trabajo casi artesanal. Solo los más “viejitos” en las Artes Gráficas conocen esta minuciosa y delicada labor que la era de la tecnología ha simplificado de golpe y porrazo.

Con el movimiento del mouse y los programas de Corel Draw y Foto Shop en poco tiempo se diseña y realiza completamente la revista para ser entregada a la imprenta.
Mas, ¿cómo era el proceso productivo hace una década atrás?

Dale a las teclas y…

La máquina de escribir era la herramienta de los redactores. El intermitente sonar de los teclados anunciaban la pronta entrega de las cuartillas mecanografiadas al Jefe de Redacción, para la obligada revisión y corrección.

Luego, eran entregados en carpetas o files todos los trabajos compaginados con la gráfica y las sugerencias de ilustraciones al Jefe Artístico, quien a su vez los daba al diseñador y los distribuía entre el realizador, los coloristas y dibujantes.

El diseñador efectuaba los marcajes tipográficos; es decir, señalaba en cada hoja la medida que debía llevar cada texto, el puntaje… en forma de columnas y los titulares para enviarlo a imprenta y que se teclearán en unas máquinas llamadas linotipos.

Días después, retornaban los textos al departamento en un gran pliego de papel satinado. Aún olían a tinta fresca; a veces, se le debía echar talco para que secara rápidamente y utilizarlo con prontitud.

Corta, corta y pega

Tijera en mano el realizador tras observar el boceto previo del diseño en papel gaceta comenzaba a recortar los textos y titulares, y con sumo cuidado comenzaba a pegarlos en la pauta original.

Para ello debía comprobar con una escuadra, con regla y cartabón su impecable simetría. En las hojas pautadas se marcaba el área destinada a las fotografías y las ilustraciones que antes realizara el dibujante según su visión creativa del texto.

Ambos recursos gráficos enriquecían estéticamente las páginas y apoyaban el tema que tratase.

Los dibujantes realizaban decenas de ilustraciones originales al tamaño; en ocasiones, si lo requería el nivel de detalles, lo hacía una vez y media más de la medida del espacio para ser reducidas mecánicamente en imprenta.

Fundamental resultaba la tinta china negra. Lo que llamábamos color se basaba en una tinta anaranjada que se indicaba con un plano negro llamado plá sobre el papel vegetal (una especie de papel transparente); y lo realizaba el colorista por indicaciones del dibujante.

La mezcla que se producía entre el tinte negro y la escala de grises llamada medio tono, daba lugar a un verdadero milagro: un abanico de tonalidades que hacían resaltar los dibujos, verdaderas obras de arte.

Las dieciséis páginas y la portada y contraportada sistemáticamente se elaboraban así y se entregaban para su revisión final por el Director Artístico, el Jefe de Redacción y la máxima dirección de la revista.

Claro que podían cometerse errores o erratas. Pero se corregían a punta de bisturí letra por letra. De cambiarse un párrafo, este se tecleaba de nuevo y era enviado a imprenta para ser sustituido en celofán sobre una mesa de cristal transparente, llamada mesa de emplane.

El momento de la verdad

Entregar las páginas en cartulina con los trabajos originales cada viernes a la imprenta era un ritual que se convertía en un disfrute con estos compañeros, personas valiosísimas y verdaderos maestros de las artes gráficas.
 
Sin ellos, no podría contarse la historia de PIONERO. El emplane no era más que el proceso mecánico en la imprenta, donde las páginas se grabarían en rodillos luego de un sistema engorrosísimo casi artesanal, para terminar en unos rodillos de cobre que componían aquellas gigantescas rotativas de imprimir periódicos a una velocidad increíble.

Por el sistema de impresión directa conocida como offset.

La revisión definitiva se efectuaba sobre unas amplias mesas iluminadas interiormente por lámparas de luz fría, cubiertas de enormes cristales especiales, muy nítidos. Ya los técnicos de la imprenta tenían ubicadas en bloques las páginas pares e impares. Estas películas de acetato tenían grabado todas las imágenes y se colocaban al revés, con las caras vueltas hacia abajo. Entonces, con un espejo el redactor de guardia, el Director, el Jefe Artístico y el diseñador leían línea a línea cada trabajo, revisaban los acentos, los pies de fotos.

En el caso de los textos en celofán se pegaban allí con sumo cuidado por el técnico. El celofán es ese papel suave, transparente, donde el linotipista imprimía el texto y bajaba veloz a entregarlo, en el caso que se dieran nuevas sustituciones imprevistas.

El visto bueno dependía del tiempo que durase la revisión, y al pie de las máquinas estaban todos aguardando la señal de: Ya puede imprimirse.

Esa labor tan compleja como linda creó profundos lazos de amistad. Muchos nombres pudieran decirse por su meritorio trabajo, su fiel entrega y recelo por la calidad. Sirva pues, este recuento, como homenaje a quienes hicieron posible el amor por esta revista, a muchas niñas y niños de aquellas generaciones y a los hijos e hijas de aquellos que aún la quieren y han hecho posible esta, su segunda etapa.

 

 
 

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