Fue
una
jornada de
verso
y
canto
organizada
por
la
UJC
para
honrar
en
su
casa
natal
a
nuestro
Héroe
Nacional
Por: Jesús Arencibia y Mario Cremata
Nacer,
dijo
un
poeta,
es
una
alegría
que
duele.
Nadie
sabe
cuánto
desgarramiento
y
cuánta
dicha
se
juntan
en
este
minuto.
Nacer,
cuando
aguarda
un
pueblo
para
también
ser
alumbrado,
debe
significar
un
regocijo
mayor.
Difícilmente
doña
Leonor
lo
intuyera;
pero
cuando
dio
a
luz
al
primogénito
de
sus
ocho
hijos
—el
único
varón—
Cuba
toda
estaba
emergiendo.
Y si
de
España
nos
pesaba
el
yugo,
en
la
calle
Paula
se
gestó
la
estrella.
Por
eso
el
28
de
enero
devino
antorcha
para
alumbrar
siglos.
Este
que
hoy
vivimos,
a
154
años
del
amanecer
sagrado,
fue
recibido
por
cientos
de
manos
jóvenes
allí
donde
José
Julián
lloró
por
vez
primera.
Sin
embargo,
no
fue
de
llanto
la
velada:
sino
de
verso
y
canto,
y de
palabra
suya
y
nuestra.
Trovadores
como
Heidy
Igualada,
Marta
Campos
o el
dúo
Karma
dieron
voz
a la
utilidad
de
la
virtud,
a
los
poemas
del
destierro,
a la
agonía
de
mundo
nuevo
que
mantuvo
en
vilo
al
Maestro.
No
cupieron
todos
los
que
quisieron
estar
en
el
patio
de
la
casita,
y
más
allá
de
las
rejas,
la
música
del
encuentro
detuvo
a
muchos
transeúntes.
¿Qué
tiene
este
hombre
tan
centenariamente
joven?
¿Por
qué
la
FEU
y la
UJC,
y
los
pioneros
se
empeñan
en
escribir
el
mañana
con
sus
letras
de
ayer?
¿Por
qué
el
Himno
Nacional,
el
Invasor
o el
del
26
de
Julio
que
tocó
la
Banda
Militar
lo
continúan
evocando?
«Esos
riachuelos»
que
pasaron
por
su
corazón,
siguen
llegando
al
nuestro.