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Ernesto
Guevara de la Serna
Por estos días cumpliría ochenta años de edad un hombre excepcional,
que dio la vida y se convirtió en símbolo, en leyenda, en ejemplo…
Por: María
Luisa García Moreno
Foto: Archivo web
Según cuenta
su padre, la voluntad, una de sus más sobresalientes
características, lo acompañó desde los primeros años de su vida y se
pulió al aparecer el asma: Ernestito puso todo de sí para vencerla y
convirtió el deporte en un arma para enfrentarla.
También el
asma contribuyó a convertirlo en un apasionado lector, leía sin
parar y a los diez años de edad había convertido El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha en su libro preferido, lo que
resulta fácil de entender si recordamos todo lo que lo une a
Quijote, en especial, esa generosidad sin límites y ese afán de
ayudar al desposeído: desde muy pequeño, Ernestito llevaba a su casa
un “piquete” de amigos, niños humildes y desarrapados, que quizá
había conocido ese día, pero a los que invitaba sin más a compartir
la mesa con su familia.
Desde la
niñez, supo ser amigo de sus amigos y ellos retribuyeron ese sentir.
Así, cuando jugaba fútbol, alguno corría a su lado con el aparatito
que contenía la medicina y, cuando le faltaba el aire, Ernestito se
ponía un poco, pero seguía corriendo…
De su primera
juventud, guarda la memoria el nombre de dos singulares amigos:
Alberto Granado, Mial, y Carlos Ferrer, Calica.
Precisamente
con Granado emprendió, a la edad de 23 años y sin haberse graduado
aún, su primer recorrido por nuestra Mayúscula América —como la
nombró—. Partieron de Córdoba en diciembre de 1951 y concluyeron en
Caracas en julio del siguiente año; la convivencia, las experiencias
y sentimientos compartidos convirtieron su relación en una amistad
profunda, que duraría más allá de la muerte.
Con Calica
emprendió el 7 de julio de 1953 su segundo recorrido que, como el
otro, modelaría su carácter y definiría sus expectativas, entre las
que se cuentan su amor por las ciencias, su afición por la
naturaleza americana y las antiguas civilizaciones precolombinas y,
sobre todo, su afán por participar en una revolución verdadera.
La amistad no
acabó nunca. Desde La Habana, el Che dedicó a Alberto Granado su
libro Guerra de guerrillas y antes de partir por última vez
de Cuba, le dejó otro libro —El ingenio, de Moreno Fraginals—
con la siguiente dedicatoria: No sé qué dejarte de recuerdo. Te
obligo, pues, a internarte en la caña de azúcar. Mi casa rodante
tendrá dos patas otra vez y mis sueños no tendrán fronteras, hasta
que las balas digan al menos. Te espero, gitano sedentario, cuando
el olor a pólvora amaine [...] ChE.2
En julio de
1955, conoció en México a Fidel. No se conoce mucho acerca de lo
acontecido en esa primera entrevista que, sin duda, fue
trascendental, pues daría un giro definitivo a su vida.
Durante la
época de la guerrilla en la Sierra Maestra, se sabe de su amistad
con Camilo y con Fidel. Muchas y muy conocidas son las anécdotas que
hablan acerca de la entrañable relación y confianza que unió a estos
tres seres excepcionales.
Pero también a
muchos otros compañeros lo unieron lazos particularmente fuertes:
uno de ellos fue Roberto Rodríguez Fernández, el Vaquerito,
quien se convirtió en el jefe del pelotón suicida y cayó el 31 de
diciembre, a unas horas del triunfo. Ante el cadáver del heroico
capitán, Che exclamó tremendamente conmovido: Me han matado cien
hombre”.3
Fueron
entrañables los lazos que lo unieron a otros combatientes a quienes
seleccionó para que lo acompañaran al Congo y Bolivia. Cuando, ya
transformado en Ramón, se presentó ante sus hombres —Vilo Acuña;
Antonio Sánchez Díaz, Pinares; Suárez Gayol y otros, quienes habían sido advertidos de
que el entrenador español era muy malgenioso y mal hablado—, y
comenzó a vociferar ofensas y palabrotas, los hombres, que no lo
habían reconocido, estaban a punto de estallar, pero entonces Suárez
Gayol gritó: ¡Caballeros, pero si este es el Che4
y la tropa formada se desintegró para dejar paso a un informe
amasijo de hombres que se abrazaban con cariño de hermanos.
Cuando los
niños y adolescentes cubanos repiten Seremos como el Che,
aspiramos a que se conviertan no en guerrilleros, no en héroes, no
en leyenda; sino en excelentes personas, en hombres y mujeres con
las altísimas cualidades personales que caracterizaron al Che, ese
querido y solidario amigo, que constituye el más alto paradigma de
ser humano.
Notas: 1
Ernesto Guevara: Otra vez. Ediciones Abril, 2005, p.7.
2
Alberto Granado: Con el Che por Sudamérica. Ediciones Abril,
2001, p. 187.
3
LarryMorales: El jefe del pelotón suicida. Ediciones Abril,
2002, pp. 215-216.
4
Raúl Menéndez Tomassevich y José Á. Gárciga: Escarmientos de
pueblo. Editorial de Ciencias Sociales, 2001, p. 8. |