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La Habana. Cuba. domingo, 08 de junio de 2008

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Ernesto Guevara de la Serna

Por estos días cumpliría ochenta años de edad un hombre excepcional, que dio la vida y se convirtió en símbolo, en leyenda, en ejemplo…

Por: María Luisa García Moreno
Foto: Archivo web 
 

Según cuenta su padre, la voluntad, una de sus más sobresalientes características, lo acompañó desde los primeros años de su vida y se pulió al aparecer el asma: Ernestito puso todo de sí para vencerla y convirtió el deporte en un arma para enfrentarla.

 

También el asma contribuyó a convertirlo en un apasionado lector, leía sin parar y a los diez años de edad había convertido El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en su libro preferido, lo que resulta fácil de entender si recordamos todo lo que lo une a Quijote, en especial, esa generosidad sin límites y ese afán de ayudar al desposeído: desde muy pequeño, Ernestito llevaba a su casa un “piquete” de amigos, niños humildes y desarrapados, que quizá había conocido ese día, pero a los que invitaba sin más a compartir la mesa con su familia.

 

Desde la niñez, supo ser amigo de sus amigos y ellos retribuyeron ese sentir. Así, cuando jugaba fútbol, alguno corría a su lado con el aparatito que contenía la medicina y, cuando le faltaba el aire, Ernestito se ponía un poco, pero seguía corriendo…

 

De su primera juventud, guarda la memoria el nombre de dos singulares amigos: Alberto Granado, Mial, y Carlos Ferrer, Calica.

 

Precisamente con Granado emprendió, a la edad de 23 años y sin haberse graduado aún, su primer recorrido por nuestra Mayúscula América —como la nombró—. Partieron de Córdoba en diciembre de 1951 y concluyeron en Caracas en julio del siguiente año; la convivencia, las experiencias y sentimientos compartidos convirtieron su relación en una amistad profunda, que duraría más allá de la muerte.
 

Con Calica emprendió el 7 de julio de 1953 su segundo recorrido que, como el otro, modelaría su carácter y definiría sus expectativas, entre las que se cuentan su amor por las ciencias, su afición por la naturaleza americana y las antiguas civilizaciones precolombinas y, sobre todo, su afán por participar en una revolución verdadera.

 

La amistad no acabó nunca. Desde La Habana, el Che dedicó a Alberto Granado su libro Guerra de guerrillas y antes de partir por última vez de Cuba, le dejó otro libro —El ingenio, de Moreno Fraginals— con la siguiente dedicatoria: No sé qué dejarte de recuerdo. Te obligo, pues, a internarte en la caña de azúcar. Mi casa rodante tendrá dos patas otra vez y mis sueños no tendrán fronteras, hasta que las balas digan al menos. Te espero, gitano sedentario, cuando el olor a pólvora amaine [...] ChE.2

 

En julio de 1955, conoció en México a Fidel. No se conoce mucho acerca de lo acontecido en esa primera entrevista que, sin duda, fue trascendental, pues daría un giro definitivo a su vida.

 

Durante la época de la guerrilla en la Sierra Maestra, se sabe de su amistad con Camilo y con Fidel. Muchas y muy conocidas son las anécdotas que hablan acerca de la entrañable relación y confianza que unió a estos tres seres excepcionales.

 

Pero también a muchos otros compañeros lo unieron lazos particularmente fuertes: uno de ellos fue Roberto Rodríguez Fernández, el Vaquerito, quien se convirtió en el jefe del pelotón suicida y cayó el 31 de diciembre, a unas horas del triunfo. Ante el cadáver del heroico capitán, Che exclamó tremendamente conmovido: Me han matado cien hombre”.3

 

Fueron entrañables los lazos que lo unieron a otros combatientes a quienes seleccionó para que lo acompañaran al Congo y Bolivia. Cuando, ya transformado en Ramón, se presentó ante sus hombres —Vilo Acuña; Antonio Sánchez Díaz, Pinares; Suárez Gayol y otros, quienes habían sido advertidos de que el entrenador español era muy malgenioso y mal hablado—, y comenzó a vociferar ofensas y palabrotas, los hombres, que no lo habían reconocido, estaban a punto de estallar, pero entonces Suárez Gayol gritó: ¡Caballeros, pero si este es el Che4 y la tropa formada se desintegró para dejar paso a un informe amasijo de hombres que se abrazaban con cariño de hermanos.

 

Cuando los niños y adolescentes cubanos repiten Seremos como el Che, aspiramos a que se conviertan no en guerrilleros, no en héroes, no en leyenda; sino en excelentes personas, en hombres y mujeres con las altísimas cualidades personales que caracterizaron al Che, ese querido y solidario amigo, que constituye el más alto paradigma de ser humano.

 

Notas: 1 Ernesto Guevara: Otra vez. Ediciones Abril, 2005, p.7.

2 Alberto Granado: Con el Che por Sudamérica. Ediciones Abril, 2001, p. 187.

3 LarryMorales: El jefe del pelotón suicida. Ediciones Abril, 2002, pp. 215-216.

4 Raúl Menéndez Tomassevich y José Á. Gárciga: Escarmientos de pueblo. Editorial de Ciencias Sociales, 2001, p. 8.

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