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Una actitud valiente 

Elsa Bello Márquez 

Cuentan que al nacer, el 20 de diciembre de 1899, el primer llanto de Rubén Martínez Villena, iluminó la vieja casona de tablas, marcada con el número 78 en el poblado de Alquízar. 

Su nombre completo era Agnelio Martínez Villena y por esas coincidencias de la vida, descendiente de ilustres figuras de la realeza hispana, entre ellas el infante Don Juan Manuel, autotitulado Príncipe de Villena. 

De sus padres Rubén Martínez Villena heredó no sólo la generosidad, sino también la rebeldía del carácter. La madre, Dolores María de Villena y Delmonte era una mujer de gran belleza y gestos refinados, el padre Luciano Rogelio Martínez Echemendía poseía un carácter enérgico y laborioso. 

En este hogar, modesto y honrado germinó y fructificó la vida del gran intelectual, revolucionario y comunista cubano. 

Trascendental y visionario resultó el encuentro de Rubén Martínez Villena con el generalísimo Máximo Gómez, cuando sólo contaba con cinco años. Con palabras proféticas el anciano combatiente vaticinó la trayectoria y la obra futura del hombre que se entreveía en las verdes pupilas del pequeño Rubén. 

_Tu vida tendrá plena luz de aurora 

Temprano mostró Villena su solidaridad con los oprimidos. Relatan que cerca de la casa donde viví, frente al parque Tulipán en la céntrica barriada del Cerro en La Habana, solía pedir limosna un anciano negro cuyo nombre era Mateo. 

A causa de su avanzada edad, el mendigo se hallaba casi ciego. Su paso era lento y difícil y para ayudarse se apoyaba en un bastón. 

Los muchachos del barrio solían divertirse a costa de Mateo. Para mortificarlo le gritaban motes que lo hacían enfurecerse  y lanzar insultantes palabras. En otras ocasiones le tiraban del brazo, le quitaban su bastón y le hacían muecas. 

Una tarde el pequeño Rubén observó la bochornosa escena. Conmovido e indignado se acercó al anciano al anciano, que el suelo lloraba por su cayado.  

Con voz imperiosa Rubén reclamó el bastón a uno de los muchachos y tomando a Mateo por el brazo le ayudó a cruzar la calle. 

Tal actitud produjo estupor en los otros niños, que se veían así privados de su divertimento. No obstante, ninguno de ellos se atrevió a protestar. Al día siguiente y al otro, Rubén aguardó la llegada del anciano Mateo y nuevamente le ofreció su hombro como apoyo haciéndose su amigo. 

Increíblemente esta conducta del pequeño Rubén tuvo imitadores, especialmente en tres muchachos, uno de ellos conocido por el mote del Soldado por su actitud pendenciera. A partir de ese momento otros niños se disputaron la distinción de acompañar a Mateo en su vagabundaje. 

El pequeño Rubén Martínez Villena demostraba así, desde muy temprano, el talento, la sed de justicia y la nobleza que le caracterizarían toda su vida. Una vida con plena luz de aurora.

 

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