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Mamá
Leonor
Ana María Luján
Ilustración: Jesús
Una adolescente de trece años, la canaria Leonor Antonia de la
Concepción Micaela Pérez Cabrera, llega a Cuba en 1842, junto a
su padre el teniente músico de artillería Antonio y su madre
Rita. Diez años después se casa con el valenciano Mariano Martí
Navarro, sargento primero de artillería, y de esta unión nacen
su hijo Pepe (1853), y sus siete niñas: Leonor (1854), Ana
(1856), Carmen (1857), Pilar (1859), Amelia (1862), Antonia
(1864), Dolores (1865).
Está siempre ocupadísima con sus hijos y hace maravillas con el
modesto sueldo del esposo. Pepe ayuda cuanto puede, sin dejar de
estudiar con ahínco, y pronto trabaja para aumentar los ingresos
del modesto hogar. En pocos años, Mamá Leonor sufre la pérdida
de sus niñas Ana, Pilar y Lolita, y dedica todos sus esfuerzos a
hacer de sus hijos personas de bien, dándoles su ejemplo diario,
laboriosidad, educación, sencillez, generosidad... las mejores
cualidades que alberga en su noble corazón.
Y cuando el jovencito manifiesta su oposición al régimen español
y sufre prisión en las Canteras de San Lázaro, ella trata de
calmar sus heridas enviándole con Don Mariano unas almohadillas
para los pesados grilletes. Más, continúa el sufrimiento: Pepe
va desterrado a España, y ella saca fuerzas para soportar en
silencio pena tan grande.
Muchos años después, cuando recibe el poemario Ismaelillo le
comenta al hijo: ...esta es la cuerda más dolorosa de la
guitarra del alma: de versos no entiendo, para mí está en prosa
porque está escrito en la realidad.
En otra ocasión le escribe trabajosamente porque está perdiendo
la vista: …todavía no pierdo la esperanza de que antes de morir
yo te vea… más cerca de nosotros, para poder cuidarte algo. Y
antes de encontrarse con él en Nueva York le exige: dime la
verdad de tu salud….
Él le responde: Mucho la necesito: mucho pienso en Vd.: nunca he
pensado tanto en Vd.: nunca he deseado tanto tenerla aquí.
Cuando logran reunirse, Martí celebra el cumpleaños de su madre
con un grupo de amigos. Luego, ya en Cuba, el dolor de ella
apenas se mitiga con las hijas, yernos y nietos. Las noticias
que llegan acrecientan su pena.
Años después recibe la última carta de Pepe, fechada en
Montecristi:
Madre mía: Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje,
estoy pensando en Ud. Yo sin cesar pienso en Ud. Ud. se duele,
en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué
nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no
puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero
conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el
recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compañeros.
¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos
de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud. con mimo y con
orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón
obra sin piedad y sin limpieza. La bendición. Su J. Martí.
Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Ud. pudiera
imaginar. No son inútiles la verdad y la ternura, No padezca.
Luego, Leonor vive unos meses en Tampa, de abril a agosto de
1898, la cuida su hija, La Chata. Ya en Cuba, el 24 de febrero
de 1899, dada su pobreza se le ofrece una modesta plaza durante
la ocupación norteamericana. El 19 de junio de 1907 muere en
esta capital. A la calle donde alumbrara a su primogénito le
pondrán su nombre y aquella casita que los albergara sigue
irradiando amor.
DE MARTÍ SOBRE LAS MADRES:
… los brazos de
las madres son cestos floridos.
Los madres son razón, no razón; son sensibilidad exquisita y
dolor inconsolable.
El consejo de la madre, aunque parezca áspero a la hija, es buen
consejo.
No cree el hombre de veras en la muerte hasta que su madre no se
le va de entre los brazos.
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