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Amores eternos

Amalia Simoni e Ignacio Agramonte

Ana María Luján
Ilustración: Jesús Rodríguez


Tuyo hasta la muerte y aún después escribiría Ignacio Agramonte Loynaz a su amada esposa Amalia Simoni Argilagos, tras incorporarse a la Guerra de los Diez Años. Les tocó vivir en el Camagüey del siglo XIX, donde bullían las ansias de libertad que unieron sin reservas el amor, tierno y vehemente a la vez, nacido en sus jóvenes corazones. Fue pasión fogosa, primera y única, torrente eterno
en sus vidas.

Ella había cultivado en Europa el dominio de varios idiomas y su preciosa voz de soprano, unida a su suave belleza y gentil prestancia, conquistaron al gallardo abogado, de recia apostura, dotes esgrimísticas y fluidez de palabra, admirado desde estudiante en los exclusivos salones de la capital, igual que en su natal Puerto Príncipe.

No era rica la familia del que sería conocido con el legendario título del Mayor en el Ejército Libertador y sí la de su Amalia, pero el ferviente amor derribó las barreras y Don Ramón Simoni, accedió a la boda celebrada el 1ro. de agosto de 1868. Al día siguiente, en la logia Tínima, centro conspirativo de los independentistas, en ceremonia laica sellaron su amor con la Revolución.

Cuando su amado le confesara en 1867: Yo te aseguro que vacilaría si alguna vez encontrara tu felicidad y mi deber frente a frente… Ojalá que nunca se encuentren. Ella le había respondido sin reservas: Tu deber antes que mi felicidad, Ignacio mío. La finca La Matilde, de los Simoni, fue el nido de amor… Llegó octubre de 1868 y la impaciencia de Ignacio por entrar en la lucha es compartida con su Amalia.

En noviembre, con el calor de besos en los labios y vistiendo la camisa roja rayada de negro que ella le preparara, cabalgó como soldado. Escribiría a su mujer: esquelas, notas breves, cartas, mensajes verbales… Su idilio interrumpido crecía
en rápidos encuentros que no colmaban el ansia de abrazarse, besarse, amarse sin reservas… El valiente tenía una abnegada mujer que jamás le hizo un reproche.

La que nació rica, pasó las más terribles penurias en la manigua sin proferir una queja.

En mayo del 69 en la puerta de la rústica vivienda de El Idilio se escuchó una voz: Aquí está un hombre desesperado por abrazar a su mujer y conocer a su hijo. Había nacido Ernesto, El Mambisito, en Cuba Libre. Luego, Amalia prisionera le espetó al general Fajardo que la conminó a escribirle al marido: Primero me cortaré la mano, antes que escriba a mi esposo que sea traidor. Rescatada, marchó al exilio con su pequeño hijo, llevando en las entrañas a Herminia, segundo fruto de tan gran amor. No se verían más.

A Amalia le llegaron noticias del Mayor, arriesgado y temerario como en el rescate de Julio Sanguily, y le escribió el 30 de abril de 1873: ¡Por Cuba, Ignacio, mío, por ella también te ruego que te cuides más! Él nunca recibió su amoroso consejo pues cayó en Jimaguayú el 11 de mayo.

El enemigo quemó su cuerpo y lanzó sus cenizas al viento. Mientras en la fría ciudad, Amalia daba lecciones de canto para sobrevivir. Cada nota le recordaba a su amado, pero su desgarrado corazón no gritó a nadie su dolor. Al concluir la Guerra de 1895 regresó a Cuba e integró a la Junta Patriótica contra la intervención yanqui y la Enmienda Platt. También rechazó la ayuda oficial: Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino para libertar a Cuba. ¡Y el amor seguía creciendo!
 

 

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