Hoy,
les hablaré de postres antiquísimos, esos
preparados en nuestro país con recetas
atesoradas en cada familia.
Les cuento que el arroz con leche
es símbolo de pureza y amor. Por ello,
siglos atrás, las jóvenes casaderas lo
brindaban a sus pretendientes cuando las
visitaban por primera vez. También, para
darle la bienvenida a un vecino y expresarle
el deseo de mantener con él las más
armoniosas relaciones.
Asimismo, se hacía el bienmesabe,
de difícil elaboración y también llamado
chúpate los dedos. Se elaboraba
con almendras, harina de trigo, huevos,
canela y leche de coco, y se unía como si
fuera una pasta que se vertía sobre
biscochos humedecidos en vino de jerez. Era
considerado el postre de las suegras, pues
resultaba de obligada presentación cuando
las recién casadas recibían por primera vez
en su hogar a a madre del esposo.
Durante los siglos XVIII y XIX, Cuba exportó
a Europa la cafiroleta, turrón hecho con
boniato, coco rallado y azúcar envasado en
cajitas de cedro. Hoy se le añade yemas de
huevo para conferirle suavidad.
De Pinar del Río es la malarrabia, cuadritos
de boniato; de la tierra yumurina procede el
atropellado matancero, hecho,
hecho con yemas de huevo, coco rallado y
trozos de piña; mientras Guantánamo resulta
célebre por sus cucuruchos de coco.
No puede faltar el majarete, sabrosa y
alimenticia crema elaborada con fécula de
maíz tierno y leche, procedente de México,
donde se prepara sin saborizantes. Acá le
añadimos canela, vainilla y ralladura de
limón.
El platico de dulce, ofrecido al vecino más
cercano, resulta, no lo dudes, un gesto de
cubanía que obliga a devolverlo colmado de
otro delicioso postres en gesto de justa
correspondencia. Hay amor en eso y pobre del
que no sepa encontrar en esos pequeños
detalles de la cotidianidad, la grandeza de
un pueblo generoso y amable, donde el amor
también entra por la cocina.