Un acercamiento
crítico sobre la
telenovela que
actualmente
transmite la
televisión cubana
PUBLICADO: 11/05/08
Joel del
Río,
Fotos: Martha Vecino
Ulloa
Un grupo de lectores
molestos me exige,
con algo de razón,
afrontar la
telenovela cubana
con el mismo rigor
exhibido en estas
páginas ante la
brasileña
Mujeres apasionadas.
Aparte de las tenues
similitudes entre
ambas, habida cuenta
de que las dos se
dedican a la
contemporaneidad de
sus respectivos
países (y el hecho
totalmente fortuito
de compartir horario
y teleaudiencia),
son demasiado
distintos los
contextos
culturales,
económicos y
sociales, como para
pedirle al crítico
el mismo rasero ante
dos fenómenos
audiovisuales
realizados con muy
distintos
propósitos, alcances
y estilos. Sería
como obligarnos a
comparar, y a
decidir quién es
mejor, entre Silvio
Rodríguez y Chico
Buarque. A ver, ¿por
qué razón se le
asigna a la crítica,
o alguien se cree
con la potestad, de
dirimir con justicia
«oposiciones» y
jerarquías tan
innecesarias y
artificiales? Mi
casi total
contrariedad ante la
mayor parte del
seriado carioca,
explicada en su
momento, no puede ni
debe condicionar la
opinión y reflexión
que merece
Historias de fuego,
«la novela de los
bomberos», como
familiarmente se la
conoce.
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Hace poco, en Ciudad
Libertad, se
incendió un laurel
de esos que
majestuosamente
rompen las aceras.
Algún fumador
desaprensivo debe
haber lanzado una
colilla encendida, y
tuvieron que venir
los bomberos a
apagar los restos
del todavía hermoso
árbol. Cuando
llegaron en su carro
rojo, fue imposible
contener la
algarabía de los
niños, cuyas clases
no habían terminado,
pero que se
amontonaban en las
ventanas gritándole
su admiración a los
bomberos, les
preguntaban por El
Guajiro, y muchos
cantaban la canción
de Buena Fe que le
sirve de tema a la
serie, como una
manera de estimular
y rendir homenaje a
los valientes
jóvenes que
controlaron, en un
dos por tres, el
siniestro
amenazante. Veinte
años se demorará el
árbol en retoñar,
pero los bomberos
cubanos de ahora
mismo están
recibiendo el cariño
agradecido de mucha
gente, gracias a la
serie que les ha
conferido mayor
visibilidad a su
extraordinaria
labor.
Esa capacidad
mitologizadora que
tiene la televisión,
utilizada esta vez a
favor de una noble
causa, no significa
que debamos callar
las numerosas
imperfecciones,
ambigüedades,
errores de tono y de
puesta en escena,
problemas flagrantes
de edición (excesos
y dilaciones en
momentos anodinos,
mientras se
precipitan hasta
hacerse invisibles
los de medular
dramatismo) con que
nos castiga la
propuesta cubana de
horario estelar.
Precisamente lo
estelar del horario
nos condiciona a
todos nosotros,
espectadores
insatisfechos con
nuestra programación
dramatizada, a
exigirle grandes
compensaciones a la
serie cubana que
ocupa tan
privilegiado
espacio.
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Y tal vez estas
Historias de fuego
eran más adecuadas
para otro horario,
con capítulos más
extensos, donde no
molestara tanto la
larguísima
presentación y
despedida. Pero eso
ya no tiene remedio,
y quedará la
discusión, si acaso,
para próximos
seriados cubanos.
Ojalá pudiéramos
tener más de uno al
aire; qué más
quisiéramos que
colocar un título
cubano en la marea
de series
norteamericanas (la
mayoría excelentes)
que ocupan los
horarios de la alta
noche y la
madrugada.
A pesar de los
muchos pesares y
entuertos, no
obstante los
evidentes errores en
la designación del
elenco histriónico,
las torpezas
narrativas o el
diseño superficial
de algunos
personajes
—problemas
amplificados por una
edición que parece
interesada en
lesionar a toda
costa la historia,
en lugar de
preocuparse por
reforzar los
momentos climáticos,
la fluidez y el
ritmo de la acción—
se aprecian valores
como el dimensionado
diseño de algunos
personajes
(particularmente los
de Rubén Breña y
Heydi González, cuyo
desempeño sorprende
agradablemente), la
voluntad concreta
por apresar con
honestidad ciertos
fragmentos de
nuestro entramado
psicosocial (los
problemas de
comunicación
padre-hijo, la
corrupción
administrativa, la
prostitución, las
envidias y
competencias
profesionales,
etc.), algunos
momentos de
brillantez
histriónica (en los
cuales sobresale el
propio Breña, Alina
Rodríguez, Ketty de
la Iglesia), al
tiempo que merece
encomio cierta
frescura
humanizadora en el
tratamiento de los
héroes, y aunque
creo pudo
profundizarse mucho
más en la vida de un
cuartel, en la
psicología del
recluta, y en la
mentalidad militar,
el intento es uno de
los primeros en
nuestra televisión
que mira en los
costados cotidianos
de la vida marcial,
más allá de las
facetas estoicas.
Aunque el chivo
expiatorio de todos
los problemas de la
serie ha sido el
guión (según los
comentarios que he
leído, ojalá que al
interior de la
televisión predomine
un análisis más
profundo), las
ineficacias de la
serie hay que
buscarlas también en
otros terrenos.
Nadie está
interesado en negar
la falta de
profundidad
psicológica, e
incluso de
conflictos
poderosos, en los
bomberos a los
cuales se consagra
la serie. Aparte de
Aniceto-Breña y de
su competidor más
joven (a cuyos
dilemas amorosos e
intentos de cambiar
los métodos
directrices del
cuartel pudo
sacársele mayor
provecho dramático),
los demás bomberos
son tratados cual
deportivos
figurantes, gente
sin conflictos cuya
presencia, y
diálogos, apenas
alcanzan peso
específico en la
dramaturgia. Además,
toda la subtrama del
solar y sus
habitantes enrarece
el tono dominante
—que a todas luces
se aproximaba al
melodrama de
costumbres y al
género de aventuras—
y altera los
propósitos
principales de la
obra con pinceladas
de folclorismo
vernacular, o de
farsa, que
colorearon el
conjunto con los
indeseables matices
de la inoperancia y
la ridiculez.
Cada vez que un
actor declara, o
sugiere, en radio o
televisión, para
miles de
espectadores, que
los problemas de una
obra radican por
completo en el
guión, yo invitaría
en la siguiente
emisión de ese
programa a los
guionistas, para que
relataran la
cantidad de escenas,
bien o regularmente
escritas, que puede
estropear un actor o
actriz cuando no
entiende el
personaje, no logra
concentrarse, el
director no le
explicó el modo en
que se le podía dar
vida a equis
situación, o
simplemente no entra
en el rango de lo
que ese intérprete
puede hacer desde la
verosimilitud y la
organicidad. De todo
ello hay un poco en
esta serie donde
demasiados actores y
actrices recitaron
sin ninguna
intención sus
parlamentos y
recurrieron a los
vicios más
extraviados y a los
lugares comunes más
desalentadores de la
actuación
contemporánea.
Hay capítulos que
debieran emplearse,
en nuestras escuelas
de arte, como
ejemplos de lo que
algún actor jamás
debe hacer delante
de una cámara
televisiva. Me
ahorro los nombres
porque la crítica no
ha de ser paredón
para fusilar la
autoestima
profesional de
nadie, pero la
redacción de
dramatizados, en
pleno, debiera
sentarse a revisar
el modus operandi
que sigue a la
aprobación de un
guión, es decir, a
la producción de una
telenovela. No basta
con llenar el hueco
en el horario. Hay
que hacerlo con el
más alto sentido de
sacar al aire una
producción decorosa
y profesional.
Los jóvenes actores
y actrices no
alcanzaron a
sorprender tan
agradablemente como
en
¡Oh, La Habana!,
porque los
insertaron a casi
todos en una
dicotomía de
buenos-serios-pesados
y
malos-gozadores-antipáticos,
que apenas les
permitió destacarse
a los más diestros.
Además, en cuanto al
cuadro adulto, no se
entiende muy bien
qué criterio se
siguió a la hora de
arriesgar la pegada
de buenos personajes
con actores
incapaces de
conferirles vida,
cuando tenían a
otros en el reparto
(Fernando Echevarría,
Alberto Pujols) tan
notables como
siempre y condenados
a la brevedad de sus
apariciones.
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Una combinación de
pésimas actuaciones,
mala dirección y
errores de edición
(como escenas
importantes
picoteadas sin
ninguna necesidad, y
otras
abrumadoramente
largas, donde parece
no llegar nunca el
próximo corte)
malogró muchos
episodios, sobre
todo los segmentos
melodramáticos,
básicamente
referidos a la trama
que rodea al doctor,
su hijo desviado, la
ex esposa que
prefirió a un
empresario
extranjero, el padre
bombero recién
descubierto, y la
amante-colega que no
entiende muy bien el
lugar que ocupa. A
pesar de que esa
línea dramática
jamás consiguió
articularse de
manera natural con
los bomberos, estos
resultaron
convenientemente
ennoblecidos por lo
bien realizado de la
mayoría de las
secuencias de
incendio y de
calamidad (que eran
excepción, por
supuesto), sobre
todo teniendo en
cuenta el nivel
precario, por
consabidas razones,
de la truca, las
escenas de acción y
los efectos
especiales en
nuestra televisión.
Con imaginación y
acertados criterios
en los movimientos
de cámara
solucionaron lo que
parecía
irrealizable, y
pulsaron con acierto
una de las claves
fundamentales del
cine de aventuras:
héroes enfrentados a
peripecias que
requieren
extraordinario
coraje, en pro del
bien colectivo.
En fin, que los
bomberos ya tienen
su telenovela. Falta
ahora que los
cubanos todos
dispongamos de un
reflejo estable,
dimensionado,
complejo y plausible
en la pequeña
pantalla. Y si el
fuego se sale del
candelero, a
sofocarlo para que
no cause mayores
desmanes, que todo
se cura cuando se
alientan nuevas
obras y uno es capaz
de aprender con los
escollos que tuvo el
camino. Ojalá que
esta invitación sea
transferible y
alentadora para la
directora debutante
Noemí Cartaya y
también, cómo no,
para los jóvenes
guionistas Serguei
Svoboda y Felipe
Espinet. Estoy
seguro y convencido
que funcionará
mejor, así tendrá
que ser, la próxima
teleserie donde se
alisten los técnicos
y actores que
intentaron convertir
en algo memorable
estas
Historias de fuego,
porque fuerza,
talento,
inteligencia y sudor
jamás será lo que
falte en este país.
La obra no quedó
todo lo bien que se
esperaba, pero
tampoco puede
permitir uno que los
errores se
conviertan en abrigo
de la inercia o el
pesimismo. Y a
comenzar de nuevo,
como decía aquel
precioso tema de una
grandiosa
telenovela.
* Juventud
Rebelde