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MADRE,
sublime palabra
PUBLICADO: 11/05/08
Edel
Lima Sarmiento
Foto: Archivo Web Pionero
No puede haber
premio más grande en el mundo que la
dicha de tener una madre buena. Todo
cuanto da a sus hijos, le parece
poco. Su esfuerzo no es esfuerzo; es
dedicación, entrega, voluntad…
¿Habrá amor más fuerte y poderoso en
el reino de este mundo? ¿Habrá
canción más dulce que su voz en
algún confín del universo?
Cual seres
dotados de un poder sobrenatural, la
vida nace de su vientre. Y en las
aguas de ese cómodo regazo nos
llevan durante casi siempre nueve
meses, hasta que vemos la luz.
Comienza el más difícil de sus
empeños: cuidar y educar a los
niños, quienes mañana serán jóvenes,
adultos, y por los que nunca
–absolutamente nunca– dejarán de
sentir sobresalto o de alertarles el
consejo del ansiado buen camino.
Si el hijo
fracasa, ella sentirá la derrota
como suya. Si triunfa, le
pertenecerá también. ¡Qué decir de
su intuición extraordinaria para
avizorar el peligro!; de olerlo,
sería capaz de desafiar brutales
fuerzas en pos de salvarlo. O de su
comprensión interminable ante
nuestros errores; siempre podremos
volver, siempre aguardará el perdón.
El desvelo de una buena madre es
eterno, y su cariño, infinito.
Podrá haber seres
humanos insatisfechos con sus
progenitoras, otros lamentarán no
haberlas conocido jamás o haberlas
perdido en la prontitud de la niñez
o de la vida. Todos tuvimos o
tenemos una, y no hacen falta
adjetivos ni calificativos
estériles: ¡una madre siempre es una
madre!
Maldita sea la
semilla que olvide el árbol del que
brotó. Maldito sea el hijo que
entierre fuera de sí a la que un día
llamó mamá. Abramos el sendero de
los recuerdos y vivamos nuevamente a
su lado lo que ya vivimos. Otra vez
nos daremos cuenta de que ella es
amor, confianza, abnegación… sublime
palabra.
* Tribuna de La Habana |