¿Y
qué tú crees…?
PUBLICADO: 04/12/08
María Luisa García Moreno
Ilustración: Raikof
Siempre ha constituido una preocupación la
forma en que se expresan los más jóvenes,
pues, con esa rebeldía natural que los
caracteriza, imponen siempre un modo sui
géneris de comunicarse, un tanto irreverente
y desperjuiciado. En situaciones informales
de comunicación —fiestas, paseos, reuniones,
recesos…— comparten con sus iguales y para
ello utilizan una especie de “jerga”. No es
que ustedes, los jóvenes, por el hecho de
serlo, traten de diferenciar su lengua de la
común; es que son diferentes y esa jerga
responde a necesidades comunicativas propias
de su edad.
Por supuesto, también emplean una lengua
estándar o común para comunicarse con sus
familiares, vecinos, maestros..., con los
adultos, en general. Y, ¡claro!, como tienen
menos experiencias vitales y han tenido
menos oportunidades para desarrollar la
competencia comunicativa, la forma de
expresarse es menos desarrollada que la del
adulto, o más pobre, como acostumbran a
criticar estos.
Pero hay algo que nadie puede discutirles y
es la originalidad de la forma de hablar;
así cuando expresas que el ejercicio,
actividad o prueba fue un chícharo (o un
quilo) intentas manifestar que estaba muy
difícil, y si afirmas que vas a ir a la re
quiere decir que vas a revalorizar alguna
asignatura. Porque además —es bueno
precisarlo— nos estamos refiriendo a un
lenguaje coloquial, conversacional…
Ustedes, los más jóvenes, acostumbran a
jugar con las palabras, utilizar sus propias
abreviaturas, dar nueva vida a términos en
desuso y, a veces, conferirles nuevas
acepciones. Piensa si no a qué te refieres
cuando afirmas que algún muchacho o muchacha
de tu grupo es un mango.
Resulta normal que poco a poco, los jóvenes
vayan incrementando su caudal léxico y
empleando estructuras idiomáticas cada vez
más complejas. Y entonces, el ciclo comienza
otra vez: nuevas generaciones adoptarán una
jerga juvenil y los jóvenes de ayer —hoy
adultos— los criticarán… Así es la vida.
Pero no debemos confundir la calidad en el
uso del idioma, incluso de la jerga juvenil,
con la mala educación formal que muestran
algunos. Las vulgaridades y las llamadas
“malas palabras” —y digo “llamadas” porque
no hay palabras buenas ni malas, todo está
en el uso que se les dé— cuando se emplean,
digamos, en una obra de teatro, en un
relato… contribuyen a dar una cierta
expresividad al texto; pero cuando las oímos
en cualquier lugar —la guagua, la parada, el
cine…— en boca, por lo general, de
jovencitos y jovencitas, constituyen una
agresión…, son una manifestación de la
violencia social a través del lenguaje.
La lengua que hablamos —ha reiterado en más
de una ocasión la Dra. Nuria Gregori,
directora del Instituto de Literatura y
Lingüística— es un hecho social; a través de
ella expresamos quiénes somos, qué pensamos,
qué sentimos, de dónde venimos y hacia dónde
vamos.
La Revolución ha trabajado durante sus 50
años de existencia por elevar el nivel
cultural de la sociedad y podemos afirmar
con orgullo que nuestro pueblo compite entre
los que más saberes acumulan; pero la
verdadera cultura incluye la educación
formal y el uso del idioma. Por tanto, aún
queda camino por recorrer…
En cierta ocasión, alguien le preguntó a
Confucio:1 “Si pudieras gobernar, ¿cuál
sería tu primera medida de gobierno?” y
este, sin dudarlo, respondió: “Cambiar el
lenguaje”, respuesta que evidencia la
trascendencia de la lengua en el destino de
los pueblos.
1 Confucio (c. 551-479 a.C.), filósofo
chino.