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Confesión

PUBLICADO: 18/08/08

Queridos amigos de PIONERO:

Les cuento que curso el 8vo. grado en la Escuela Secundaria Básica Urbana (ESBU) Neftalí Martínez junto a dos profesoras maravillosas. Vivo en Calabazar de Sagua, Encrucijada, Villa Clara. Tengo trece años y me gusta escribir. Hace poco participé en el encuentro municipal de talleres de literatura, en el cual presenté el cuento que les envío. Obtuve mención en el nivel de Secundaria Básica. Actualmente, continúo escribiendo asesorado por el escritor Reinaldo Cañizares. Desearía en el futuro escribir un libro, pero comprendo que antes debo estudiar mucho y obtener premios en los concursos de literatura. No será la última vez que les escriba, les seguiré enviando mis cuentos para que de vez en cuando los publiquen en la revista. Recuerden, aquí tienen un amigo con el cual pueden contar.
Hasta pronto,
Miguel Alejandro Ferrer García


Muy cerca de mi hogar vive Felipe, un anciano de 90 años, quien cuida el parque del pueblo. Siempre soñó con tener hijos, pero esto no fue posible. Les ha confesado a los vecinos que no se encuentra cansado de la vida pues ésta es el parque. Allí creció y se hizo joven, sin separarse nunca del susurrar de las hamacas y el olor a hierro oxidado que descansaba en cada rincón.

Una mañana Felipe se levantó muy temprano para ir a su trabajo. Ya estando frente a la puerta sacó de su bolsillo una llave con la que la pudo abrir. Caminó lentamente con la ayuda de su bastón hasta un banco. Casualmente yo pasaba por allí y al verlo tan solitario, decidí acompañarlo. Me senté a su lado. Comprendí al instante que se encontraba triste y le pedí que me contara una historia. Al poco rato me dijo:

— Todo comenzó la mañana del 12 de enero de 1942. En esa casa vivía un joven, el muchacho más elegante de la cuadra.

Señaló con el dedo y dijo:

— En aquella otra casa vivía una joven que se llamaba Rosario, junto con su madre. Nunca conoció a su familia paterna y dicen las malas lenguas que su padre murió en un accidente el año en que ella nació. El joven miraba cada día a Rosario mientras tendía la ropa en el balcón y los ojos le brillaban cuando le traía café a los que jugaban dominó todas las tardes. Poco a poco fue naciendo entre ambos el amor.

Felipe tomó un pañuelo y sacudiéndose el sudor de la frente expresó:

— La joven y su familia se mudaron a otro pueblo por causa de su economía. Rosario no se fue sin antes invitar al vecino del frente. Él sabía que no iba a poder acompañarla, pues su abuelo lo necesitaba. Rosario marchó triste. El joven intentó comunicarse con ella, pero todos sus esfuerzos fueron en vano.

Muchas cosas cambiaron en el barrio. Los años pasaban tan rápido que no se recordaba a los viejos amigos. Él continuó trabajando. Rosario nunca regresó, pero el muchacho aún la recordaba —concluyó Felipe.

Yo quedé impresionado:

— ¡Qué historia tan hermosa!, dígame Felipe, ¿quién era ese joven?
— Tú solo te darás cuenta, dale tiempo al tiempo y verás — me respondió.

Felipe regresó a su casa sin decir una palabra. En la noche fui a visitarlo. Estaba sentado en un sillón, tenía en una de sus manos un pañuelo y en la otra un retrato.

 


 


 

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