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Leones en el Prado

   
Como eternos guardianes, aparecen ocho siluetas robustas, en algunas de las puntas del Paseo Martí o Prado, que repleto de árboles lleva a caminantes desde el malecón habanero hasta el Parque Central, en medio de un renovado bullicio

Teresa Valenzuela
Fotos: Google

No puede hablarse de los leones del Prado, sin mencionar el Paseo que ellos custodian y que los cubanos identifican también como Paseo Martí construido en 1772 durante el gobierno del Marqués de la Torre durante la segunda mitad del siglo XVIII. Es este un lugar especial de la capital cubana que merece conocerse en detalles, ya que lo adorna una rica historia.

El visitante puede apreciar al inicio del Paseo el monumento a Juan
Clemente Zenea, poeta y mártir de la guerra de independencia, también en el lugar se encuentra el busto de Manuel de la Cruz, historiador, patriota, literato y colaborador de José Martí.

Como eternos guardianes, aparecen ocho siluetas robustas, en algunas de las puntas del Paseo Martí o del Prado, que repleto de árboles lleva a caminantes desde el malecón habanero hasta el Parque Central, en medio de un renovado bullicio.

En el céntrico lugar permanecen hasta nuestros días los leones con un
realismo, belleza y poesía tal, que el visitante con algo de imaginación puede sentir sus rugidos y observar su larga melena mientras la bate el viento al emprender una veloz e infinita carrera.

Con el don especial de encantar a los niños han sido testigos de
innumerables acontecimientos históricos y sociales como la realización de fiestas carnavalescas durante muchos años y de paradas militares, desfiles cívicos y actividades culturales.

Siempre con su impresionante y agresiva mirada, estos leones anónimos constituyen escenario propicio para una foto familiar, o simplemente para enmarcarlos en hoteles del derredor como el Telégrafo o el Sevilla. Sus estatuas se añadieron en 1928.

Especialistas en el tema recuerdan que a fines de 1700 las autoridades coloniales españolas adoptaron un programa de obras públicas con la finalidad de otorgar un brillo particular a la villa de San Cristóbal de La Habana, fundada en 1519.

Las primeras renovaciones incluyeron dos alamedas o paseos, sumadas al primer teatro y un palacio de gobierno. Una de ellas, resultó extramuros (Muralla de La Habana, creada para la protección contra ataques de piratas)concebida para paseos vespertinos de carruajes.

Por lo tanto, se extendió por un kilómetro entre dos puertas de la Muralla y consistió en dos hileras de árboles, bautizadaentonces como Nuevo Prado. Rápidamente tuvo gran acogida y se convirtió en un lugar de reunión y descanso.

Ya a fines del siglo XVIII el Prado constituía un escenario propicio de la sociedad habanera, reforzada su imagen al término del siglo XIX. Crecieron modernas mansiones y teatros a su alrededor y en 1928 recibió un nuevo empuje con bancos de mármol, faroles de hierro, y su más importante agregado: los leones de bronce, inmortales en el tiempo para suerte de los cubanos.

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