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De la trocha al occidente           

PUBLICADO: 26/11/08
María Luisa García Moreno       

El 29 de noviembre de 1895, el mayor general Antonio Maceo entraba en Las Villas con sus tropas, luego de haber cruzado la invulnerable trocha de Júcaro a Morón. El 22 de octubre había comenzado la marcha desde Mangos de Baraguá, en la jurisdicción de Cuba (Santiago de Cuba).

Durante su avance, contó con la cooperación del General en Jefe, Máximo Gómez, a pesar de la enorme distancia que los separaba y de las limitaciones de los medios de comunicación a su alcance. Gómez se había presentado en Las Villas y llamado sobre sí la atención de los españoles para facilitar el paso del contingente invasor, lidereado por Maceo.

En ese accionar del Generalísimo en Las Villas, sobresale el asalto el 17 de noviembre al fuerte Pelayo, donde el jefe de la guarnición se había comprometido a rendirse luego de un simulacro de combate, pero no cumplió su palabra, lo que obligó a Gómez y a Serafín Sánchez a batirse bajo el fuego enemigo. A fuerza de coraje —mediante una carga de locura—, lograron apoderarse de los fuertes y el puesto de la Guardia Civil, y capturar defensores y armas. El General en Jefe también atacó al enemigo atrincherado en Río Grande, entre el 19 y el 22 de noviembre, hasta que una poderosa columna española logró rescatar a la guarnición; aunque durante la retirada, su marcha fue hostigada por los tiradores cubanos.

El accionar de Gómez al oeste de la trocha de Júcaro a Morón —desde el 30 de octubre, en que la había atravesado con sus fuerzas, hasta el 29 de noviembre, en que la cruzó el contingente oriental de Maceo—, significó la captura de una importante cantidad de armas y pertrechos.  

Mientras tanto, Maceo avanzaba 810 jinetes, al mando del brigadier Luis de Feria, y 350 infantes, comandados por el brigadier Quintín Bandera, más fuerzas del Estado Mayor y el Cuartel General. En 26 jornadas de marcha, el Titán había recorrido 572 kilómetros  —un promedio de 22 km por jornada— y peleado en Guaramanao y El Lavado, durante los días 7 y 8 de noviembre, combates de retaguardia, que el propio Maceo calificó como “escaramuzas de poca importancia”.

En la madrugada del día 29, la columna al mando del general Antonio cruzó la trocha bajo el fuego del fuerte La Redonda y, cantando el Himno de Bayamo, se encontró con el General en Jefe en El Laurel.

La trocha estaba considerada un obstáculo infranqueable, pero, según considera el coronel Ángel Jiménez, especialista en historia militar, “en la guerra ningún arma y ningún medio es más efectivo que los hombres que lo operan y la misión planteada a la guarnición de la trocha: combatir protegida por las obras de fortificación, generó un espíritu pasivo, defensivista, por llamarlo de algún modo, que les hacía muy difícil abandonar la protección para salir a batirse a campo abierto y oponerse al empuje mambí, único procedimiento capaz de detener a los independentistas, ya que solo con el fuego de los fusiles contra blancos móviles, de noche, era muy poco probable que cumplieran su cometido”.1

El 29 de noviembre, Gómez y Maceo avanzaron desde El Laurel hasta La Reforma para ultimar los preparativos de la invasión. El 4 de diciembre, la hueste mambisa formada en la sabana de Lázaro López  esperaba la orden de marcha. Allí, el General en Jefe le dirigió encendidas palabras: “¡Soldados!: La guerra empieza ahora. La guerra dura y despiadada […] En esas filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros. No os esperan recompensas, sino sufrimientos y trabajos. El enemigo es fuerte y tenaz. El día que no haya combate, será un día perdido o mal empleado. El triunfo solo podrá obtenerse con el derramamiento de mucha sangre […] ¡Soldados!, llegaremos hasta los últimos confines de Occidente, hasta donde haya tierra española: ¡allá se dará el Ayacucho cubano!”.2

Notas

Ángel Jiménez y otros: Historia militar de Cuba. Primera parte, tomo 3, Editorial Verde Olivo (en edición).

Enrique Loynaz del Castillo: Memorias de la guerra, La Habana, 1989, pp. 227 y 228.

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