Decir sí, decir no
PUBLICADO: 20/12/09
Lucila tiene quince años y ya es mamá. A los catorce salió embarazada de
su novio. Ambos estaban terminando la secundaría básica y querían ser
ingenieros. Ninguno de los dos habló de protección. Estaban enamorados
y se entregaron sin pensar en riesgos ni futuro.
Cuando ella descubrió que había quedado embarazada no supo qué hacer.
Usó cintos y fajas bien apretadas. Pero sus compañeras de estudio
empezaron a darse cuenta de que la barriga le crecía y no pudo seguir
ocultándolo. El primero en saberlo fue el novio. Pero no le creyó. Aseguró
a todos que el hijo era de otro y no quiso saber más de ella.
No fue fácil para Lucila renunciar a tantos sueños y expectativas adolescentes.
Se fue de la escuela con la esperanza de incorporarse, pero no
pudo. Su hija nació sin un padre que la reconociera. Por falta de información,
pero sobre todo por no saber decir NO, se transformó en una niña
con responsabilidades de adulto, en una madre inmadura a la que constantemente
le recordaban que había escogido ese camino.
Lucila tiene quince años y ya es mamá. A los catorce salió embarazada de
su novio. Ambos estaban terminando la secundaría básica y querían ser
ingenieros. Ninguno de los dos habló de protección. Estaban enamorados
y se entregaron sin pensar en riesgos ni futuro.
Cuando ella descubrió que había quedado embarazada no supo qué hacer.
Usó cintos y fajas bien apretadas. Pero sus compañeras de estudio
empezaron a darse cuenta de que la barriga le crecía y no pudo seguir
ocultándolo. El primero en saberlo fue el novio. Pero no le creyó. Aseguró
a todos que el hijo era de otro y no quiso saber más de ella.
No fue fácil para Lucila renunciar a tantos sueños y expectativas adolescentes.
Se fue de la escuela con la esperanza de incorporarse, pero no
pudo. Su hija nació sin un padre que la reconociera. Por falta de información,
pero sobre todo por no saber decir NO, se transformó en una niña
con responsabilidades de adulto, en una madre inmadura a la que constantemente
le recordaban que había escogido ese camino.
Típica reacción
La ansiedad que genera sentir que algo crece dentro de una y no saber a
quién confiárselo desencadena un problema que cambiará para siempre el
rumbo de la vida. La mayoría de las adolescentes involucradas en episodios
de esta índole ocultan la gestación y se aíslan por miedo a decepcionar a
sus padres y a ser criticadas socialmente.
Del mismo modo, la desinformación acerca de los síntomas típicos de la
gravidez y la esperanza de que la menstruación podría llegar en cualquier
momento (sobre todo porque en esa etapa de la vida aparece con irregularidad,
durante los dos primeros años después de la menarquía), contribuyen
a que la embarazada demore en pedir ayuda. También influye el
hecho de que al principio del embarazo, en ocasiones tenemos un sangrado
pobre y eso puede confundirse con la menstruación y dar origen a
falsas expectativas.
Entre los síntomas que acompañan a un embarazo están la náuseas y vómitos,
el malestar matutino, la fatiga, el dolor en los senos y el crecimiento
del abdomen.
Sin creerse culpable
Responder afirmativa o negativamente, según indique la razón,
no siempre es fácil. Un sí o un no inoportuno puede tener tanta
trascendencia como la de llegar a afectar la autoestima, la autorrealización
y el desarrollo de las potencialidades humanas.
Para amarse a uno mismo y aceptar nuestros propios sentimientos
y los de los demás, es importante ser coherente con lo que sentimos,
saber decir sí cuando sea sí y no cuando sea no, sin sentirse
culpable, explica la psicóloga Ana María Cano, del Centro Nacional
de Educación Sexual (CENESEX). Por carecer de esta capacidad,
algunas muchachas llegan a las relaciones sexuales porque
el novio se lo pide y no porque ellas lo deseen realmente en ese
momento, en el cual lo más importante es lo que él piense. Acceder
a hacer el amor se toma entonces como una prueba de amor y de
confianza en la palabra del varón. En tales casos, muchas reconocen
que la relación no ha madurado lo suficiente como para llegar
al coito, pero lo hacen porque creen haber encontrado al hombre
soñado.
Esta habilidad conocida por los especialistas como acertividad puede
aprenderse en cualquier etapa de la vida, en dependencia de los mensajes
que recibamos y de los grupos sociales con los que nos comuniquemos,
agrega la psicóloga.
Ser acertivos significa poder expresar lo que queremos abiertamente,
respetar los derechos de los demás, manteniéndonos firmes en lo que
hacemos. Es tratar de encontrar la causa del enojo o del malestar que
tenemos en determinado momento, asumir los errores sin buscar la
culpa sólo en los otros, hallar soluciones a los problemas, tomar en
cuenta todos los elementos necesarios antes de tomar una decisión de
la que después podamos arrepentirnos; no maltratar a nadie por no
estar de acuerdo con él.
En la práctica hemos encontrado muchas dificultades en las relaciones interpersonales. Hay una tendencia a la agresividad, a decir las
cosas de una manera violenta cuando estamos enojados, a sentirnos
culpables por lo que hacemos y a disculparnos cuando no podemos
complacer a otra persona.
La ausencia de acertividad favorece el origen de una comunicación
negativa, llena de hostilidades, rencores, resentimientos y culpas, que
van en detrimento de la salud mental del individuo.
La acertividad no se aprende para ser hipócrita o para lograr que los
demás hagan lo que nosotros queremos, sino para sacar lo mejor de uno
mismo, para aprender a decir sí y a decir no, puntualiza la especialista.
Sin embargo, no es la carencia de esa capacidad para expresar
lo que se piensa la única causa de una decisión inconsistente. La
soledad y la tristeza de una joven que no se siente querida o piensa
que no responde al modelo de mujer que los hombres buscan y
aman, y por tanto toma su relación con el novio como la única y
definitiva oportunidad de su vida, es una explicación que puede
estar en el origen del embarazo en la adolescencia.
Cuando sucede algo así, la joven se hunde sin límites ni protección
en el deseo del otro como si no le importara nada, favoreciendo
de ese modo una maternidad prematura. La disfunción familiar
puede ser otra razón para que las muchachas vayan a la relación
sexual sin protegerse del embarazo, pues van en busca de una
estabilidad que no hallan. Si una niña se educó en un ambiente
lleno de tensión, violencia, de inseguridades de todo orden, su
vida afectiva en la adolescencia también puede ser errática.
Otras consecuencias
Más allá de la repercusión psicológica, escolar, social
y socioeconómica que trae un embarazo no
deseado existen consecuencias desde el punto de
vista biológico que ponen en peligro la vida de
la madre y del futuro hijo. Las adolescentes embarazadas
tienen un alto riesgo de sufrir complicaciones
médicas graves: parto prematuro, hipertensión,
placenta previa, anemia, y de que el bebé
nazca con un peso bajo por causa de un inadecuado
crecimiento intrauterino o un nacimiento
prematuro.
Desde el momento en que la muchacha queda
embarazada, la adolescencia se pierde por completo.
Habrá que postergar muchos sueños y priorizar
la atención del hijo por encima de cualquier
interés personal.
Resulta doloroso que todavía algunas muchachas—en lugar de buscar otras alternativas— acudan a
las relaciones sexuales sin protección para retener
a su lado a la persona querida, sin tener en cuenta
que cuando una relación no se basa en los deseos
mutuos no hay nada que la sostenga. Ni siquiera
un hijo.
Para consolidar una relación no puede acudirse a
recursos ajenos a los sentimientos de la pareja sino
a los puntos comunes en el modo de ver la vida,
que fortalecen y alimentan esa atracción. Sólo tras
el análisis de estos y otros elementos, que necesitan
de un tiempo para ser descubiertos, podrá
estarse en condiciones de decir sí o decir no con
toda responsabilidad.
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