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El mito
de El Dorado
Por Gladys J. Gómez Regüeiferos
Fotos: Archivo
De lo real maravilloso en la historia de Nuestra América aún nos sorprenden numerosos mitos y leyendas recogidos por los pueblos autóctonos, transmitidos de generación en generación, y que han llegado hasta la actualidad. En Colombia, la tierra del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, corre el mito precolombino de El Dorado.
Refieren los historiadores de esa nación sudamericana que la ciudad de Bacatá fundada por Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1538 —de la que se deriva el nombre Bogotá— fue habitada por los muiscas, a la llegada de los conquistadores.
Desde tiempos precolombinos corría la leyenda de un cacique que cubría su cuerpo con polvo de oro para efectuar la ceremonia ritual a sus dioses y partía transportado sobre una balsa al centro de un lago considerado sagrado, al cual entregaba las ofrendas del precioso metal. Por ello lo españoles salieron de este lugar en la búsqueda de El Dorado.
Los pobladores de la capital que habitan en las inmediaciones del lago, asumieron la mítica historia como un rasgo de identidad. Quizás por ese sentido de pertenencia, en ese lugar se edificó en 1939, con el financiamiento del Banco de la República, el Museo del Oro, poseedor de una valiosa colección con más de 33 000 piezas indígenas, entre ellas la réplica de la legendaria balsa encontrada en el lago Siecha, lo que insta a pensar a los historiadores sobre la base real del mito. La balsa tiene una longitud de 20 cm y un peso de 288 gramos. Los personajes representados hacen suponer a los especialistas, por la distribución de las figuras, al cacique, ocupando el centro y de mayor tamaño, escoltado por seis acompañantes de menor estatura. La técnica empleada es laminada, sin volúmenes, por los adornos y diademas sobre sus cabezas presuponen debieron ser adornos realizados con plumas.
Trabajar el preciado metal era el arte mayor de las distintas culturas: la calima, quimbaya, tairona, tolima, sinu, chibcha y muisca desarrollaron diversas técnicas y estilos.
Por ejemplo, los muiscas que vivían de la agricultura y en particular de la minería, explotaban minas de sal y de piedras preciosas como la esmeralda para intercambiar con otras tribus por oro. Se asegura que eran extraordinarios orfebres. El oro constituía para ellos símbolo de vida, la fuente de energía dotada con el poder del sol.
El museo, distribuido en tres plantas, exhibe en la inferior las exposiciones transitorias, mientras en las restantes están ubicadas las piezas pertenecientes a diferentes culturas americanas. Admirar de cerca las antiquísimas joyas es un regalo para la vista que deslumbra al más talentoso joyero de nuestro tiempo.
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