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Ciento por ciento de verdad cinematográfica

Conversación con Fernando Pérez, director y guionista de la más reciente producción del cine cubano: José Martí, el ojo del canario.

PUBLICADO: 28/04/10
Por Adry Rodríguez y Marcia Rodríguez
Foto: Luis Pérez


Por estos días, una nueva película cubana está dando mucho de qué hablar: José Martí, el ojo del canario. Por la novedad que representa biografiar cinematográficamente a nuestro Héroe Nacional y por la etapa escogida, parte de la niñez y de la adolescencia, el filme fue todo un reto.

El director y guionista de la cinta, Fernando Pérez, un escolar sencillo aunque definitivamente consagrado, relató cómo llegó a imaginar a este, su José Martí.
A pesar de que existe información de la infancia y adolescencia de Martí, pues se conservan documentos como la carta que el niño escribe desde La Anábana a su mamá Leonor, donde está su primera escritura y su letra, así como también actas sobre la vida de Mariano y testimonios de aquellos que los conocieron, es cierto que esta información es bastante exigua.

Yo me imaginé muchísimas cosas. Primero, los diálogos, porque los hechos históricos se recogen en documentos pero los diálogos no. Entonces, tuve que suponer cómo hablaba el niño Martí, por eso habla tan poco en la cinta, porque me imaginé a este Martí mío como un niño observador y melancólico, porque ahí estaba ya una sensibilidad poética en la formación de ese carácter. Yo pienso que aunque sean imaginadas algunas de las situaciones, están dentro de lo potencialmente posible y pudieron también ocurrir, por lo tanto, para mí la película es un cien por ciento de verdad cinematográfica.

Puede suceder con frecuencia que, para muchos niños y adolescentes, por la manera en que se da en las escuelas, los homenajes o las recordaciones, en las lecturas y acercamientos a su figura, Martí logre convertirse en algo muy lejano, porque generalmente la tendencia es a reflejar un Martí ideal y no uno más común y sencillo. Creo que ahí, justamente, es donde está lo grande del Apóstol; en cómo ese niño, que pudo ser como cualquier pionero de hoy, supo sobreponerse a su familia, a su medio y hacer que con el tiempo, esa sensibilidad muy especial floreciera y fuera lo que posteriormente fue.

Pienso que si cada niño cubano de hoy se identifica con la vida de José Martí y se pregunta, desde su amor a Cuba, qué hace y siente por ella y encuentra algo de los sentimientos martianos reflejados en la película, en él, me sentiría muy satisfecho. Por eso he tratado de representar al Martí niño y adolescente como un niño común y corriente, aunque excepcional.

Entre las fuentes que consultamos, estuvieron las entrevistas con la mayoría de los investigadores martianos y también libros fundamentales, como la biografía que Jorge Mañach hizo en los años 30: Martí, el apóstol que además de su riqueza literaria, todavía mantiene la audacia en la mirada, su vigencia, es un libro muy hermoso que recomiendo a los jóvenes.

Asimismo, para la investigación de la época, para descubrir un poco el espíritu de los estudiantes de entonces, adolescentes que provocaban, a partir de la ironía y de la burla, su enfrentamiento a España, consultamos Los estudiantes de 1871, de Luis Felipe Le Roy Gálvez. Pero lo que más me hizo sentir y casi vivir el siglo XIX fueron los periódicos de la época. En ellos descubrimos una vida cotidiana inimaginable para mí.

Empecé a percibir una Habana con costumbres distintas pero muy parecidas a las de hoy, porque la idiosincrasia del cubano, ya en esa época, estaba formada, y muchas de las cosas que ocurren hoy en la calle, con otra banda sonora, siguen siendo iguales. Entonces, esa fue La Habana que traté se expresar, una que no fuera, digamos, de postalita.

Para esta película, por primera vez, escribí el guión solo. Sentí que debía hacerlo para lograr que mi mirada fuera muy personal. Para las cosas cotidianas busqué en mi familia: en mi padre cartero, en mi mamá, en la manera en que viví mi infancia en los años 50 en Guanabacoa, cosas que me ocurrieron y que, potencialmente, podrían ser similares a las que Martí pudo vivir. Y bueno, sí, hay bastante de mí, pero pienso que hay muchísimo más de Martí.

El proceso de selección de los actores fue largo y en ocasiones sinuoso. Al final, al decidir que fueran Damián Rodríguez, el niño y Daniel Romero, el adolescente, no es que me sintiera totalmente seguro porque esas son apuestas que uno nunca sabe, pero una vez terminada la película, al sentir la reacción hasta ahora mayoritaria del público, creo que Damián y Daniel fueron un regalo de la vida para mí, sobre todo porque son dos muchachos muy creativos, sensibles, nobles e inteligentes y se entregaron con mucho empreño a una tarea tan grande como era interpretar a Martí.

Las escuelas y muchas instituciones también colaboraron con la cinta. Solo bastaba decir que estábamos haciendo una película de Martí para que se abrieran todas las puertas. Una especie de ¡Ábrete Sésamo! Eso me llenó de mucho orgullo y mucho temor también, porque me daba cuenta de las expectativas que tenían las personas, como un termómetro de la responsabilidad que habíamos contraído. La colaboración de la gente era, al mismo tiempo, un compromiso muy aterrador.

En cuanto a la acogida entre el público de José Martí, el ojo del canario, más que satisfacerme, me emociona. Estuve en la premier que fue muy emotiva. Los mismos actores y algunos espectadores me han llamado o me paran en la calle, y me cuentan que, casi siempre al terminar la proyección, el público aplaude, muchos se emocionan y lo expresan con algunas lágrimas. Esa emoción la agradezco grandemente pues tenía mucha curiosidad y también temor de lo que pudiera pasar porque uno también puede errar, equivocarse. El arte es eso, buscar, pero ya me siento más tranquilo.

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