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CULTURA


Una confesión en el recuerdo

Por Guille Vilar
Fotos: Archivo


Comenzaré este artículo haciendo una revelación inédita para quienes me conocen: ¡comparto la presencia del reguetón en nuestro entorno musical! Claro, no se trata de una afirmación tan simple, porque por supuesto, esto tiene cola.

En tal sentido, quizás mi acercamiento más inmediato a dicha música es que toda la polémica sobre el reguetón, de alguna manera, me recuerda cuando yo era joven, muy joven, específicamente el momento en que fui impactado por Los Beatles. En aquel entonces mi vida cambió por completo. Se trataba de una música que no tenía que ver con la que escuchaban mis padres y mucho menos nos vestíamos de la misma forma. Ellos con sus pantalones anchos y pelados bajitos, nosotros con nuestros pantalones apretados y el pelo largo. Y en cuanto al baile, eso de bailar sueltos, para nada era bien visto. Desde mi estatura juvenil, sentía el regocijo de una ingenua rebeldía propia de esa edad, por no compartir ninguna preferencia musical de las generaciones que nos antecedieron.

Estaba tan irreverentemente empecinado, que no quería saber nada acerca de la música cubana. Incluso, hasta los grupos de rock cubano de aquellos años nunca me llamaron mucho la atención porque prefería escuchar el profesional sonido de los músicos ingleses. Sin embargo, por esa misma época, en esa misma década del 60, descubrí el magnetismo de la Nueva Trova, el aliento experimental de la guitarra de Leo Brouwer o la tremenda presencia de Irakere en el entorno del jazz cubano, inesperados sucesos que junto a factores diversos, fueron transformando mi perspectiva, no solo en lo relativo a la música cubana sino nuestra posición personal en torno a la concepción de la cultura como un hecho abarcador en sí mismo.

Como se ve, semejantes vivencias me han sido imposibles de renegar y por lo tanto, tengo elementos para comprobar cómo la historia se repite una y otra vez. Por tales motivos, intento asumir al reguetón como lo que es: una música de jóvenes, tocada por jóvenes, para jóvenes y no tiene por qué gustar necesariamente a todos los mayores. Obviamente, ya estoy algo pasado de peso y bastante sedentario como para bailar una música que reclama tanta energía como el reguetón, pero sí me gusta ver bailar a los jóvenes que jamás parecen cansados, como me pasaba a mí en las fiestas con música rock. Pero a la vez, confieso que me gusta mucho disfrutar de las muchachas en el reguetón, al convertir este baile, como solo sabe la cubana, en una fiesta de los sentidos. Y si a esto le agregamos que se distingue por un pegajoso ritmo, de rápida asimilación, ya que es tan fácil de tocar como de bailar, pues es lógico que tenga tanta pegada entre los jóvenes. Quizás lo único en que pudiera discrepar con los promotores del reguetón es que toda la sabrosura del género se interrumpe cuando abordan textos francamente groseros, que traspasan los límites de una ética aceptada para la convivencia por toda sociedad en su conjunto. Por lo tanto, el señalamiento no es al género sino a determinadas piezas que empañan la alegría de una música tan contagiosa.

Pero el pollo de este arroz que te estoy cocinando es algo que me provoca mucha satisfacción decírtelo y es lo que te sucederá en tu relación con el reguetón dentro de algunos años, como también sucedió conmigo de joven. La música como arte es mucho más que una máquina de ritmo y hacer algo parecido al canto. Para que entiendas lo que quiero decir, pensemos en cuadros, en pinturas que se exhiben en la galería de un museo. Habrá algunos cuadros que te harán pensar que hasta uno, con unas cuantas clases, pudiera hacerlos mejor.

Pero a la vez, habrá otros con tanta fuerza en la imagen, es tanto el talento de ese pintor, que hasta te pueden hacer llorar de la emoción como para no olvidar ese momento nunca. Y eso mismo ocurre en la música. En la medida que vayas creciendo, que tus aspiraciones sean diversas, que tus inquietudes sean diferentes, las propias exigencias de la vida misma reclamarán una mayor complejidad en tu proyección como ser humano, que la simpleza del reguetón será un agradable recuerdo de la juventud. Esto te puede ocurrir en el encuentro con el amor verdadero y entonces buscarás canciones cuya esencia sea afín con la belleza de ese momento. Incluso, poco a poco, pero abierto hasta el infinito, asimilarás toda la diversidad de géneros y de ritmos que existen en el mundo, no para que niegues nada de lo que ya tienes incorporado entre tus preferencias sino que agregues todo lo nuevo que te pueda engrandecer espiritualmente como persona amante de las artes musicales. No olvides que esto te lo dice alguien que, de muchacho, ignoraba olímpicamente la música cubana a favor del rock en inglés, para con el paso del tiempo, terminar como un apasionado enamorado de lo nuestro, que no me morí de casualidad cuando escuché el primer disco de Beny Moré en mi vida y que entre mis mayores orgullos se encuentra el genio de un joven excepcional como X Alfonso. Y por supuesto que todo esto lo afirmo sin negar para nada mi apego al sonido de Led Zeppelin, pero a la vez he ampliado tanto mis parámetros musicales que considero un privilegio disfrutar plenamente del arte de figuras como la cantante Angelique Kidjo de Bennin o de la hermosa voz de la portuguesa Marisa.

En fin, en lo que ese momento llega, diviértete con el reguetón, que cuando la vida te ponga frente a intérpretes que te van a erizar los pelos, solo espero que te acuerdes de mí.

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