
Grupo de teatro de adolescentes. |
Un sí a la educación estética
Se hace necesario desarrollar en las nuevas generaciones la
necesidad y la costumbre de comprender lo visto, pensar en ello
también, e inculcarles la aptitud de comprender, sutil y
profundamente, el sentido de las obras artísticas.
PUBLICADO: 22/06/10
Por Teresa Valenzuela
¡Cuánto placer se siente ante una obra de arte, una representación de
teatro, el vuelo de un zun zun, o la presentación de un ballet! La
facultad de sentir la belleza nos enriquece, purifica, da goce y
ennoblece.
El arte en sus diversas manifestaciones: música, cine, teatro, artes
plásticas, danza y literatura causa alegría y también impulsa la
realización de actos nobles. Por ello, muchos especialistas denominan
al arte como escuela de sentimientos; de ahí que, su enseñanza, se
valore como parte de la formación de la personalidad.
La necesidad de la belleza y de la armonía está implícita en la propia
naturaleza humana. Si bien es cierto que todas las personas no pueden
convertirse en compositores, escritores o artistas de la plástica,
también lo es el hecho de que apreciar y amar lo hermoso es inherente
a la espiritualidad que destaca entre los seres humanos.
Sin embargo, la facultad de sentir y comprender lo bello no llega por
si sola, hay que desarrollarla desde la infancia, y cuanto antes
mejor. Por supuesto debe iniciarse en el seno familiar.Acciones de la secundaria básica
Con la llegada a las escuelas de los instructores de arte se fomentó
el interés de los pioneros por las diferentes manifestaciones
artísticas, la apreciación en general por el arte y, además, se
desarrolló el talento de muchos alumnos que devinieron artistas
aficionados. Además, creció el interés por visitar los museos dentro y
fuera de la comunidad con lo que se ampliaron los conocimientos de
historia de los alumnos.
La incapacidad para percibir la belleza, la indiferencia ante las
obras de arte, la ausencia de un punto de referencia estético en
algunos jóvenes, se debe –en buena medida- a que cuando eran pequeños
sus padres no dedicaron la necesaria atención a ese aspecto de la
educación.
A la mayoría de los progenitores les preocupa cómo ayudar a sus hijos
a amar lo bello, enseñarles a comprender el arte y si procede o no
inmiscuirse en un proceso tan complicado como es el de la percepción
artística. Sin duda, buena parte de la responsabilidad les toca a
ellos, ya que son los primeros y más cercanos educadores de los hijos.
En el desarrollo de los niños existen períodos de alta
susceptibilidad, durante los cuales la percepción y la enseñanza
transcurren con eficacia máxima, subrayando la importancia de
utilizarlos para una educación estética fructífera.
Ver y sentir
El teatro despierta las emociones más diversas y, en el caso de los
niños y adolescentes, no sólo forma cualidades estéticas, sino también
morales. Aunque les comentemos en detalle el contenido del
espectáculo, si no lo vieron y sintieron, no pueden formarse una idea
sobre éste.
De lo anterior se deduce que el arte puede entenderse y amarse sólo a
través de la percepción personal, de la vivencia y los sentimientos
compartidos. En el teatro los padres y la escuela tienen una fuente
inagotable de valores para inculcar a sus hijos desde las más
tempranas edades.
Se hace necesario desarrollar en las nuevas generaciones la necesidad
y la costumbre de comprender lo visto, de retornar una y otra vez,
pensar en ello también, e inculcarles la aptitud de comprender, sutil
y profundamente, el sentido de las obras artísticas.
A las personas no preparadas les resulta ajeno el placer proporcionado
por la música sinfónica, la pintura o los maravillosos monumentos de
la antigüedad. No entienden el inspirado impulso del artista que ha
puesto tanto amor en su obra.
Resulta provechoso que los padres asistan con los hijos a los
espectáculos infantiles, exposiciones de arte y conciertos. De esa
manera ellos sienten la admiración y el regocijo de los mayores por lo
artístico, mientras comparten su alegría, al tiempo que manifiestan
interés por las interpretaciones. En esas circunstancias, el efecto
del encuentro con lo bello crece inimaginablemente.
La naturaleza será también uno de esos tantos manantiales inagotables
de placer estético. Sin embargo, no se trata de un simple paseo por el
campo o la playa, ya que debemos descubrir con los pequeños la
belleza que se encuentra por doquier.
Por ejemplo, al mostrarles la flora y fauna del lugar visitado,
podemos enseñarles a distinguir la diversidad de colores ante las
plantas y la iluminación solar; o la riqueza de timbres mientras se
escucha el trinar de los pájaros, o el sonido de las aguas si hay
algún río o mar cerca. Todo viaje al mundo de la naturaleza
proporciona descubrimientos maravillosos y, a la sensibilidad de los
pequeños, le será útil la grandeza y lo hermoso que presencian.
La educación estética no puede quedar fuera del campo visual de los
padres y de la escuela, pues ésta les proporcionará un tesoro
espiritual que les permitirá –de adultos- disfrutar plenamente la
vida.
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