Terribles catás-trofes
PUBLICADO: 29/11/10
Por María Luisa García Moreno
Desde que terribles fenómenos naturales devastaran, primero, la hermana
Haití, uno de los países más pobres del mundo, después Chile, otro pueblo al
que nos unen cercanos vínculos de amistad, y afectaran incluso nuestro
Santiago, toda una serie de términos relacionados con esas catástrofes están
en boca de todos.
Tanto sismo como seísmo están incluidas en el Diccionario de la Real
Academia Española (DRAE) desde 1947. Proceden del griego seismós, que
significa conmoción, sacudida y también temblor de tierra. Hasta la primera
mitad del siglo xix, se utilizaba más la palabra terremoto; pero en 1880, fue
inventado por los británicos John Milne y Thomas Gray, y el escocés James
Alfred Ewing el sismógrafo, instrumento que señala durante un sismo la
dirección y amplitud de las oscilaciones y sacudimientos de la tierra y esa
palabra fue incluida en el diccionario desde 1899, medio siglo antes que
sismo. Por lo general, los aparatos creados por el hombre toman su nombre
de aquellos fenómenos sobre los que actúan, por el contrario, el sismógrafo
dio nuevo nombre a los terremotos.
Terremoto es voz que, como las dos anteriores, se aplica a los movimientos
telúricos causados por el desplazamiento de placas tectónicas en el interior del
planeta. Proviene del latín terraemotus, formado por terrae tierra y motus
movimiento y aparece en el diccionario desde 1505. Similar estructura tiene
maremoto, del latín mare y motus agitación violenta de las aguas del mar a
consecuencia de una sacudida del fondo, que a veces se propaga hasta las
costas dando lugar a inundaciones.
Por otra parte, tsunami o sunami, devastador fenómeno que con frecuencia se
asocia a los terremotos, es palabra de origen japonés y significa ola gigante
que llega al puerto y telúrico, -a, procede del latín Tellus, Tellūris, la Tierra y
significa perteneciente o relativo a la Tierra como planeta.
Otro sinónimo de terremoto empleado con frecuencia es temblor de tierra, del
latín tremor terrae, que, a su vez, procede de temblar, del latín vulgar
tremolare, derivada del latín clásico tremere, con el mismo significado. A
diferencia de los términos anteriores, todos relacionados con el catastrofismo,
temblar es algo que puede acontecer a los seres vivos, cuando sienten frío o
miedo, o al planeta, cuando sufre sus terremotos.
La voz latina tremolare se formó a partir del adjetivo tremulus trémulo,
tembloroso y dejó otros hijos en nuestra lengua, entre ellos tremolar, que
significa enarbolar las banderas, sacudiéndolas al viento y también hacer
ostentación de bienes materiales.
Otros términos muy usados en relación con estos fenómenos son los que dan
nombre a las escalas utilizadas para medir respectivamente la magnitud o
energía y la intensidad de los terremotos: Richter y Mercalli.
La primera mide, en términos matemáticos, la energía de un temblor en su
centro o foco y se expresa en números arábigos, muchas veces fraccionarios.
Debe su nombre a Charles Francis Richter (1900-1985), sismólogo
estadounidense, que, junto con el germano-norteamericano Beno Gutenberg,
la creó. La escala de Mercalli evalúa los efectos destructivos del sismo en
función de observaciones humanas —es más subjetiva, pues depende de la
distancia a la que se encuentra el observador con respecto al epicentro— y
varía del I al XII. No es correcto hablar de 8,8 grados de intensidad, sino de
8,8 grados en la escala Richter, lo cual implica magnitud y no intensidad.
Todas estas palabras dan nombre a fenómenos terribles que expresan el
poder de la naturaleza y, quizás, su clamor para que los humanos protejamos
a la madre Tierra.