José Martí: contra dólar y cañón
PUBLICADO: 30/01/10
Por María Luisa García Moreno
Todo eso que has visto en las películas de Elpidio Valdés es realidad: por su posición geográfica Cuba fue siempre para Estados Unidos una fruta apetecida. Pero mientras se fortalecía como nación, la cúspide gobernante de ese país desarrolló la política de la “fruta madura”: prefería verla en manos de España, potencia que ya declinaba y no sería un obstáculo.
Estados Unidos incentivó el anexionismo e intensificó la penetración económica para lograr la dependencia y, a la vez, eludía el enfrentamiento bélico directo. Por ello, colaboró con España en materia de espionaje; por supuesto, en la medida de sus conveniencias, porque bien se callaba la labor anexionista. Ese espionaje se intensificó al comenzar nuestras guerras liberterias y condicionó la hostilidad norteamericana, que se evidenció en la persecusión de las expediciones mambisas bajo la máscara de aparente “neutralidad”.
De ahí que el Partido Revolucionario Cubano (PRC) desarrollaba su actividad en dos esferas: una pública y otra secreta, referida a la guerra. Una titánica labor realizó Martí para alzar la guerra; pero, además, tuvo que crear un fuerte aparato conspirativo, severas medidas de compartimentación y una estructura piramidal: solo los jefes conocían a los integrantes de las filas.
La inteligencia española, para minar la unidad desató una campaña de mentiras, de la que el propio Martí fue víctima: se le acusaba de lucrar con los fondos del PRC y de no haber participado en la Guerra Grande, calumnias que fueron oídas por algunos cubanos; pero la sagacidad y eticidad de nuestro Héroe Nacional le permitieron salir airoso. También Patria fue tribuna contra el espionaje.
Se enviaron agentes clandestinos a Cuba en busca de información y para dar a conocer las tareas que realizaba el PRC y la ayuda que podía brindar.
Incluso, el fracaso del Plan Fernandina evidenció la habilidad conspirativa de José Martí, pues tras la indiscreción —¿o traición?— de uno de los implicados se logró una rápida recuperación y, aunque impidió la sorpresa y obstaculizó el desarrollo de una guerra breve, no amilanó el espíritu de los cubanos y dio a conocer el gigantesco esfuerzo que “en silencio” venían realizando el PRC y su Delegado en la preparación de la guerra.
También los españoles se sorprendieron al comprobar cómo Martí había burlado el aparato de espionaje de ambas potencias. El Delegado era vigilado por las agencias Pinkerton's Nacional Detective Agency y Davie's Detective Agency, aunque la actividad desplegada por él lo revela como un meticuloso conspirador:
Martí desaparecía, como por arte de magia del control de los Pinkerton, unas veces usando nombres supuestos, otras cambiando de domicilio, de ciudad.
Después de los sucesos de la Fernandina marchó a Santo Domingo; los Pinkerton, desinformados, comunicaron al cónsul de España en Nueva York: “Martí […] debe estar a esta fecha por Santiago de Cuba, internado en Sierra Turquino”.1
Otros ejemplos de su labor conspirativa fueron el hábil empleo de claves —como la Habana, usada para la comunicación con Juan Gualberto Gómez—, la creación de la Agencia General Revolucionaria, dirigida por José Candelario Pons, el agente general Luis, y la Junta Revolucionaria de La Habana, dirigida por Perfecto Lacoste, centros de apoyo e información para el movimiento insurrecto.
Asimismo, en el terreno de la inteligencia y la contrainteligencia, nuestro Héroe Nacional supo luchar brillantemente contra el espionaje español y norteamericano, y garantizar la información militar y política necesaria a los planes de la revolución.
1 Nidia Sarabia: Los Pinkerton tras José Martí. En revista Moncada, La Habana, enero de 1979, no. 18, p. 21.
Fuentes:
Ángel Jiménez y otros: Historia Militar de Cuba. T. 3. Editorial Verde Olivo. (en imprenta).René González Barrios: En el mayor silencio. Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2009.
|