Un bosque para Martí
PUBLICADO: 14/05/10
Por: María Luisa García Moreno
Fotos: Luis Pérez
En San Antonio de los Baños —o San Antonio del Ariguanabo, como le dicen muchos de los que junto a Silvio cantan “yo soy de donde hay un río…”— hay un hombre singular, que se sabe de memoria el diario de campaña de José Martí —De Cabo Haitiano a Dos Ríos—. Su nombre Rafael Rodríguez Ortiz.
Felo, como todos le dicen, guarda con amor la primera edición de ese diario y cuenta que, cuando por 1940, los hijos de Máximo Gómez entregaron al Estado cubano los documentos de su padre, y entre ellos el diario de campaña del Generalísimo, al final de este trascendente documento se hallaba el de Martí, que Gómez había rescatado y protegido.
El humilde campesino ariguanabense ama esas hermosas páginas, jalones de nuestra historia, legadas por Martí y comparte con nuestro Héroe Nacional un profundo amor por la naturaleza de la tierra en que nació, creció y se hizo un hombre de bien. Por eso, quiso conjugar ambos amores y el 26 de noviembre de 1991, cuando se cumplía el centenario de la magistral pieza oratoria, que se conoce como “Con todos y para el bien de todos”, lanzó al aire la idea de crear un bosque para Martí en el Ateneo del Ariguanabo.
Al siguiente día, se presentó en las oficinas del Poder Popular solicitando un pedacito de tierra cubana para sembrar en él las plantas de las que hablaba Martí en su diario.
Sin mucha dilación, le concedieron una ínfima porción de tierra; pero el director de la Empresa Forestal, Aníbal Zayas Pupo, se apareció un día ofreciéndole un espacio mayor, a la salida de San Antonio hacia Alquízar, donde en ese momento había un vertedero, sobre un terreno muy fértil, que, además, quedaba muy cerca del pueblo y, por tanto, de fácil acceso para todos y, en particular, para los escolares.
De igual modo, Zayas le prometió un buldócer para limpiarlo. Sin embargo, Felo no se cruzó de brazos y mucho antes de que llegara, se empeñó en la ardua tarea de limpiar el terreno.
Un día, el director de la Empresa Forestal le preguntó si había fijado ya la fecha de la inauguración. Aún no se había sembrado un arbolillo; pero se acercaba el 19 de mayo, día de la muerte de José Martí y Felo, sin pensarlo mucho, decidió que esa era la fecha.
De modo que el Bosque Martiano del Ariguanabo se creó el 19 de mayo de 1994, en el 99 aniversario de la caída en combate de nuestro Héroe Nacional.
Ese día, los niños de la comunidad sembraron 14 o 15 posturas de naranja, güira, almácigo, ateje, copey, majagua… y Felo, en sus palabras inaugurales, dijo algo así: “¿Sienten el silencio?, ¿ven bien cómo está todo? Pues muy pronto el silencio va a ser roto por el trino de las aves y esto se va a llenar de flores, de frutos…”. Y así fue. El Bosque Martiano del Ariguanabo es un hermoso rincón de tierra cubana repleto de felicidad, de paz y de música, donde el canto de las aves se mezcla con las risas de los niños.
Un día le dijeron que lo sentían, pero necesitaban aquellas tierras para preparar una laguna de oxidación. ¡Se le cayeron las alas del corazón! Pero Felo conmovió al buldocero Luis Ulloa, quien le prometió que no le iba a echar ni una piedrecita allí e hizo todo el movimiento de tierras sin dañar el Bosque.
El Bosque Martiano del Ariguanabo reúne hoy 54 especies de la flora cubana: 37 árboles o arbustos que vio el Apóstol durante sus 39 días de manigua; 11 que no vio, pero que alguna manera están presentes en el relato y otras seis —caña, plátano, café, algodón, higuereta e higo—, que no son ni árboles ni arbustos.
Fue tal entusiasmo de la población, que muchos le llevaban semilas, de cualquier planta, aunque Martí no hubiera hablado de ella. Por eso, al fondo del bosque hay un área destinada a fomentar la plantación de árboles frutales y maderables de Cuba y otros países; pueden encontrarse especies exóticas como la pera y melocotón, un tipo de ciruela venezolana, nueces de Austria y una anonácea de origen mexicano.
Por toda Cuba tuvo que viajar Felo para completar las especies. El gobierno de Granma puso un chofer y un yipi a su disposición para recolectar plantas en la Sierra Maestra, El Jardín Botánico Nacional le brindó un fuerte apoyo, Ramón Castro le dio el caiguarán o quiebrahacha; el bagá llegó de la ciénaga de Zapata, la ceiba era un bonsái y muchos le decían que no se iba a dar, pero allí está.
Los árboles tardan en crecer y, entonces, Felo llenó el bosque de piedras. En el Bosque Martiano del Ariguanabo las piedras hablan y cuentan historias, están llenas de simbolismo.
Sobre una piedra están dibujadas una magnífica figura del Martí en la manigua, el famoso autorretrato y también, su caída en combate; con piedras se hizo una réplica de la cueva de Juan Ramírez, bautizada por Gómez como “el templo”, donde montaron campamento. Sobre una piedra puede leerse la frase martiana: “Dos madres tienen los hombres: la naturaleza y las circunstancias”.
Sobre piedras pueden leerse versos del Indio Naborí, quien, ciego y con 82 años de edad, sembró un árbol en este hermoso bosque, y unas décimas del repentista ariguanabense Angelito Valiente, que comienzan así: “Yo nunca quisiera ver ni a un pájaro en jaula de oro...”. También sobre una piedra está trazada la ruta del Ariguanabo…
Una de las locaciones más significativas del Bosque Martiano es la reproducción a escala del recorrido de 394 kilómetros que hicieron Martí, Gómez y sus compañeros, desde el desembarco en Playitas de Cajobabo hasta Dos Ríos, y la piedra que marca la caída en combate de nuestro Héroe Nacional se halla entre un dagame y un fustete, pues entre esos dos árboles, según Loynaz del Castillo, quedó su cuerpo, antes de ser capturado por los españoles.
El centenario del desembarco fue conmemorado con la siembra de una ceiba a las 10:30 de la noche, hora en que según el mayor general Máximo Gómez arribaron a tierra cubana.
Pero la historia asoma por disímiles rincones del Bosque: allí pueden verse una réplica de la campana de la Demajagua y un cañón español, de los que abundan en el casco histórico de La Habana, donados ambos por Eusebio Leal; la representación de Mangos de Baraguá, sitio al que en más de una vez se alude en el diario de campaña de Martí y cuyos árboles producen ya la agradable fruta; la representación de Cinco Palmas, lugar del encuentro de Fidel y Raúl tras la dispersión de Alegría de Pío; el contorno en la hierba de la figura del Granma, dentro del cual crecen las siete especies de árboles cuyas maderas fueron empleadas en la construcción de la histórica embarcación; un monumento a la mujer, junto a la palma que sembró Rosa Elena Simeón Negrín, quien fuera ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba.
Hoy el Bosque Martiano del Ariguanabo es un bello sueño hecho realidad, que se extiende por toda Cuba. Da gusto ver a los niños y jóvenes embarrando sus manos con la tierra roja, disfrutando del canto de las aves o trabajando y riendo, felices, bajo nuestro tórrido sol.
Para llevar a cabo este singular empeño, Felo contó y cuenta con el apoyo de toda su familia y cada día fue ganando adeptos en San Antonio, el pueblo del Ariguanabo, y en toda Cuba.
Rafael Rodríguez Ortiz quiso sembrar un bosque; pero ha logrado plantar la simiente del amor a Cuba, a su hermosa naturaleza y a su Héroe Nacional. |