
…el fusilamiento de los estudiantes de Medicina
Acusados de profanar el sepulcro del reaccionario periodista español Gonzalo Castañón, las autoridades encarcelaron a 45 jóvenes criollos que cursaban el primer año de Medicina. Uno de los más bochornosos actos del régimen colonial español en Cuba fue…
PUBLICADO: 23/11/10
Por: María Luisa García Moreno
Fotos: Lozano
Había comenzado la Guerra de los Diez Años y se incrementaba la represión. El jefe del Ejército de Operaciones español en Cuba, el general Blas Villate, conde de Valmaseda, había desplegado una ofensiva encaminada a ahogar la insurrección. Mientras, La Habana estaba a merced de los voluntarios.
Fueron ellos los que exigieron un castigo ejemplarizante para los estudiantes acusados de rayar la tumba de un periodista español, quienes fueron sometidos a dos consejos de guerra en dos días, pues el primero no fue considerado suficientemente enérgico por las autoridades. En el juicio, los jóvenes fueron defendidos por el digno y valiente capitán español Federico R. Capdevila.
Como resultado, ocho jóvenes fueron fusilados el 27.11.1871 —los cinco que estaban en el cementerio y tres más, sacados por sorteo—; dos fueron absueltos, cuatro sentenciados a seis meses de prisión (entre ellos Fermín Valdés-Domínguez, el amigo de Martí), 31 a penas entre cuatro y seis años.
Los estudiantes fusilados: Alonso Álvarez de la Campa, Anacleto Bermúdez, José de Marcos y Medina, Ángel Laborde, Pascual Rodríguez Pérez, Carlos Augusto de la Torre, Carlos Verdugo, Eladio González de Toledo.
La injusticia tremenda robusteció el patriotismo y la convicción de que solo se gozaría de libertad cuando se conquistara la independencia. Un año después, en España, José Martí, su poema “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, expresó: “Cuando se muere en brazos de la Patria agradecida,/ la muerte acaba, la prisión se rompe;/ ¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!...”. Y ya en este siglo, Ernesto Che Guevara afirmó: “[…] sangre de cubanos inmolados para demostrar el poderío español, el poderío de la metrópoli española, el poderío de la colonia, el poderío de la raza superior sobre las razas aborígenes o menos puras por la mezcla o por el clima quizá”.
Sin embargo, entonces nadie se ocupó de averiguar la verdad de los hechos. Años después, Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó, uno de los encausados, no descansaría hasta probar la inocencia de sus compañeros (1887). Logró que un hijo de Gonzalo Castañón reconociera que el sepulcro de su padre no tenía señales de haber sido abierto, ni dañado; localizó el lugar donde estaban enterrados y erigió, por colecta popular, un magnífico panteón en el cementerio de Colón. Allí también yacen los restos de Fermín Valdés-Domínguez y de Federico Capdevila, el honesto militar español que actuó como defensor en el juicio.
Posteriormente, los osarios de los ocho estudiantes fueron trasladados para un trozo de la muralla donde fueron fusilados y allí se erigió un monumento en su recuerdo.
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