No sé qué hacer (I)
Por Marcia Rodríguez
Asesora: Ana María Cano, Lic. en Psicología. Máster en Sexualidad.
Ilustraciones: Cortesía del CENESEX y del ICAIC
PUBLICADO: 31/12/10
— ¡Yuly!
— ¿Qué te pasa, Yoly?
— Estoy preocupadísima. Me duelen los senos. Ya no puedo acostarme boca abajo, que es mi posición preferida para dormir, y para colmo, desde hace meses que tengo pelitos en…, bueno, tú sabes.
— ¿Y eso es todo?
— ¡Ojalá! Mis padres están más insoportables que de costumbre pues dicen que ya soy una señorita, y no me dejan salir como antes, ni bañarme en el aguacero o lavarme la cabeza cuando estoy en los días, porque me va a hacer daño.
Conversaciones como estas pueden ser usuales cuando llegamos a la pubertad. Aparecen muchas interrogantes sobre los cambios corporales, y esas inquietudes pueden convertirse en serias preocupaciones si los que conviven con las y los adolescentes no son capaces de darles el curso adecuado.
Esta página la dedicaremos a las niñas… ¡perdón!, a las púberes, por ser quienes, con mayor frecuencia, temen plantear inquietudes en el seno familiar y buscan apoyo en su círculo de amistades. Si papá, hermano o tío está presente, me da vergüenza; y si se lo cuento a mi mamá, le va con el chisme a papi y se entera medio mundo… de algo tan normal como crecer.
No existen recetas exactas acerca de cómo y cuándo se crece. Algunas muchachas pueden comenzar su ciclo menstrual (menarquia) a edades tan tempranas como los nueve o diez años y otras a los catorce o quince. También el crecimiento de los senos es distinto para cada adolescente y no debemos preocuparnos si uno se desarrolla más rápido que el otro o tenemos dolores cuando nos acostamos boca abajo o los tocamos. Esto es perfectamente natural.
También los procesos menstruales suelen doler: sufrimos malestares en la zona pélvica, podemos presentar dolores de cabeza, decaimiento o, como dice mi abuela, tener un humor de perros. En cuanto al surgimiento del vello púbico, no te angusties si solo tienes una pelusita casi invisible, esto cambiará a medida que pase el tiempo y tus hormonas toquen a rebato.
Lo de no bañarse en el aguacero, no lavarse la cabeza, no limpiar descalza, etc., son cuentos de camino si no existen contraindicaciones por enfermedad. Eso sí, debes cuidar más tu higiene personal, porque gracias a las dichosas hormonas comenzarás a despedir olores desagradables para cualquier nariz que se respete. Por lo cual, el desodorante, el agua y el jabón serán tus aliados.
Sin embargo, tampoco es saludable pasarse de limpia. El exceso de lavado, cuando no se realiza con agua hervida, puede propiciar la contaminación por bacterias y producir infecciones como la moniliasis.
Pero, si te bañas bien una vez al día, será suficiente. Aunque, cuando estás menstruando, la frecuencia de lavado tiende a aumentar y coincidir con el cambio de la almohadilla sanitaria.
Cuando te limpies, después de hacer caca o defecar —qué palabrita rimbombante para un hecho tan cotidiano, ¿verdad?—, hazlo teniendo en cuenta realizarlo de adelante hacia atrás, así impides que restos de materia fecal se introduzcan en tu organismo a través de la uretra o de la vagina y te ocasionen infecciones.
Una última sugerencia: no temas contarle lo que te sucede a tus padres. Ellos son los indicados para auxiliarte en este proceso y también —aquí, entre nosotras—, puedes enterarte de muchísimas anécdotas familiares relacionadas con lo que te está pasando a ti y a otras muchachas como tú. Recuerda: en la comunicación, está el secreto de crecer.
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