
Por los ojos de un adolescente
PUBLICADO: 19/01/12
Por Marcia Rodríguez
Ilustración: Jesús Rodríguez
Si ustedes no han leído un libro que se titula Las aventuras de Tom Sawyer, no sabrán quién soy; pero esto no importa. Así comienza una de las novelas más polémicas de la Norteamérica del 1800. ¿Su autor? Samuel Langhorne Clemens, más conocido por el seudónimo de Mark Twain. ¿El título? Aventuras de Huckleberry Finn.
Pero no pienses que te hallarás frente a un relato moralizante o una tradicional novela de peripecias. Es Huckleberry…, una joyita de la literatura estadounidense donde se refleja, entre lágrimas y risas, una honda crítica social a la Norteamérica esclavista.
A través de los ojos de un adolescente, Twain disecciona esa oscura y feroz etapa que fue el tránsito hacia el capitalismo industrial. ¿La trama? Un muchacho blanco, con una sólida imaginación, huye de su despótico padre en compañía de Jim, un negro fugitivo que se convertirá en su ángel de la guarda.
La sociedad, verdadera protagonista de esta historia, arrastrará al binomio Huckleberry-Jim hacia las más disparatadas aventuras, donde se entremezclan pintorescos personajes que te harán pensar mientras aún resuenan las carcajadas.
Publicado en diversas oportunidades, Aventuras de Huckleberry Finn está a tu alcance en todas las bibliotecas del país. Así, puesta la mesa del buen leer, no falta más que empezar a degustar las páginas de este libro. Y aunque se crea a pie juntillas en eso de que segundas partes nunca fueron buenas, esta saga de Tom Sawyer desmiente, en su grandeza de obra maestra, a esos escépticos.
(…) Jim hablaba en voz alta mientras yo conversaba conmigo mismo. Me decía que lo primero que haría cuando llegase a un estado en que los negros eran libres, sería ponerse a ahorrar dinero para comprar la libertad de su mujer, que pertenecía a una granja cercana a la casa en que vivía la señorita Watson.
Después trabajarían los dos hasta comprar la de sus dos hijos;
si su propietario no quería venderlos, contratarían a algún abolicionista para que los raptase.
Casi se me heló la sangre al oírlo hablar de esa manera. En toda su vida no se
habría atrevido a hablar como lo hacía en aquel momento. Véase la transformación que en él se operó en cuanto creyó estar a punto de conseguir la libertad. Ya lo dice un proverbio antiguo: Dale a un negro una mano y se tomará el brazo. Yo me dije: He ahí lo que resulta de tu ligereza. Aquí tienes a este negro, al que casi has ayudado a fugarse, y que ahora dice con toda frescura que estaría dispuesto a robar a sus hijos…, unos muchachos que son propiedad de un hombre al que ni siquiera conozco; de un hombre que jamás me ha hecho daño alguno.
Sentí mucha pena de oír hablar a Jim de aquella manera, porque mostraba cómo se estaba degradando. Mi conciencia empezó a darme sacudidas con más energía que nunca, y acabé diciéndome: Aguarda un poco…, todavía no es demasiado tarde…; en cuanto vea una luz, remaré hasta la orilla y lo denunciaré (…).

Mark Twain, el escritor norteamericano más popular de su tiempo y autor de esta novela, nació en Missouri en 1835. Títulos como Un yanki de Conecticut en la corte del rey Arturo, La rana saltarina del condado de Calaveras o Aventuras de Tom Sawyer, el precedente de Aventuras de Huckleberry Finn, lo avalan como un excelente escritor humorístico.
|