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Rini
no es un traidor
Míriam García
Fotos: Cortesía de la famliia Sehwerert
Serena,
optimista, vital, así vi aquella tarde a Irma Sehwerert
Mileham, la mamá de René.
No hay que añadir más.
Basta mencionar a uno para que los nombres del resto de
sus compañeros acudan de inmediato a nuestro pensamiento.
Junto a Gerardo, Fernando, Ramón y Tony, su Rini,
como cariñosamente ella lo llama, forma parte de los cinco
jóvenes cubanos, Héroes de la República de Cuba, presos
injustamente en cárceles
norteamericanas.
Hábleme un poco de él
La vista se le va lejos
mientras se balancea suavemente en un sillón. Sonríe. Va
hilvanando recuerdos de la infancia, adolescencia y
juventud del hijo siempre presente.
René
es el mayor, nació el 13 de agosto de 1956 en la ciudad de
Chicago, Illinois, donde vivíamos. Allá, dos años después,
tuve a Roberto y aquí, en 1971, a Liván. En 1961
regresamos a Cuba con un grupo de repatriados de Chicago y
Nueva York. Nos integramos a los CDR,
a las milicias, a todas las tareas de la Revolución. Mis
hijos se criaron de esa manera y eso contribuyó a su
formación.
En una escuela primaria
interna estuvo Rini desde primero a sexto grados. Quería
mucho a sus maestros, y especialmente a Esther, una de las
compañeras que los cuidaba. Un día llegó muy contento
porque lo pusieron responsable de limpieza; nadie quería
hacer ese trabajo y él se brindó porque comprendió que
hacía falta y lo hizo bien.
Siempre le gustó el
deporte. Nadaba y buceaba con su hermano y aunque Robe es
menor que él, era quien lo tenía que cuidar porque Rini es
muy intrépido, no teme al peligro. Jugaban mucho a la
pelota, así como al voleibol, al tenis de cancha y al
básquet. También les gustaba correr, se levantaban de
madrugada para hacerlo. Ahora lo hace él solo. Cada día
corre un kilómetro en la cárcel y cuando no puede hacerlo,
camina durante horas en su celda, hace planchas y
abdominales para mantenerse en forma.
¿Alguna
anécdota de adolescente?
Tenía doce años y en el
barrio había un muchacho discapacitado, del que la gente
se burlaba y le gritaban
huevo duro para
ponerlo furioso. Una tarde llegó a la casa con la camisa
rota, lleno de moretones y me dijo: No te asustes,
mami, es que no soporto el abuso. Se había fajado con
unos adolescentes mayores que él, en defensa de aquel
pobre muchacho.
¿Otros
rasgos de su carácter?
En el Servicio Militar
fue seleccionado vanguardia; él quería ir a Angola a
luchar, pero no lo escogieron. Un viernes consiguió la
planilla, la llenó y el oficial que la tenía que firmar
estaba en Guanabo, hasta allá fue en bicicleta, consiguió
la autorización y el lunes partía con otros jóvenes
internacionalistas hacia tierras africanas.
En San Julián comenzó su
carrera de aviación. Estudiaba mucho. Los fines de semana
repasaba con su hermano y jaraneaba diciendo que él sería
piloto de altura y su hermano de tierra.
Siempre ha tenido un alto
concepto de la amistad y de la familia. Adora a sus hijas
Irmita e Ivette. Antes de irse se apareció con un perro
sato, él sabe que no los soporto, pero me miró de una
forma tan especial y tanta ternura en su voz, que no pude
negarme cuando me dijo:
Mami, déjamelo aquí, que
es para Irmita.
El 8 de diciembre de 1990
su avión no regresó. Lo creímos muerto, luego supimos que
había tomado otro rumbo...
Cuando me pude comunicar
con él, le escribí una carta con un mensaje en clave para
que supiera que yo no creía que él era un traidor. Le
hablé de algunos seriales como
Diecisiete instantes de
una primavera, Algo más que soñar y Julito
el pescador. Nunca me reveló nada. Al saber la verdad,
me llevé las manos al pecho y exclamé con orgullo:
Rini, mi corazón no se equivocó.
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