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Mosaicos
Leida
Creagh
Fotos: Archivo
Los
mosaicos están constituidos por la reunión de multitud de
piezas de un todo. Tanto las piedras naturales como los
ladrillos, fragmentos de jarrones rotos, mármol, granito,
pedazos de vidrio de color, de caracoles y gran cantidad
de otros materiales pueden servir de inspiración para
crear trabajos curiosos.
Los más antiguos datan de
3 500 años antes de nuestra era. Durante varios siglos su
uso se limitó a la decoración accesoria, y servían como
adorno a objetos de gran tamaño, ejecutados en madera,
hueso o marfil. Con el paso del tiempo, fue adquiriendo
carácter de obra de arte. En Babilonia se conocen obras de
alto valor artístico, confeccionadas con arenisca rosada y
un mineral hermosísimo de color azul.
Alcanzó su máximo apogeo
en Grecia en los siglos II y III de nuestra era, cuando se
introdujeron los motivos florales y el rostro humano en el
arte del mosaico, dentro del cual Roma pasó
a ser el centro porque fueron los que hallaron la mayor
perfección en cuanto al colorido, brillantez y fuerza
expresiva, exactitud del diseño, acabado de la técnica de
unión y de la incrustación, así como por el juego de luces
y sombras.
Actualmente, su ejecución
ya no se limita a la artesanía del experto y del artista
sino que, con la fabricación industrial, el aficionado
puede dedicarse a una actividad más útil y creadora, en
relación con los mosaicos.
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