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Dos cartas históricas

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Publicado: 
Martes, 21 Octubre 2014
Por: 
María Luisa García Moreno
María Luisa García Moreno

En la Republica Dominicana, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, se firmaron en 1892, las llamadas “cartas de Santiago”, en la que Martí invitaba al mayor general Máximo Gómez a sumarse a su proyecto libertario y el Generalísimo aceptaba la responsabilidad.

En la Republica Dominicana, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, en “la casa de yagua y palma de Nicolás Ramírez,1 que de guajiro insurrecto se ha hecho médico y buen boticario”; se firmó el 13 de septiembre de 1892, la llamada “carta de Santiago”, en la que Martí invitaba al mayor general Máximo Gómez a sumarse a su proyecto libertario: “Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.2

Desde que en noviembre de 1891, al decir de Herminio Almendros, uno de sus biógrafos, “ya está su vida sin ancla ni amarras” —Carmen lo había abandonado llevándose al Ismaelillo y Martí no volvería a verlos—, se había entregado en cuerpo y alma a la causa libertaria.

Invitado a participar en una fiesta artístico-literaria por Néstor L. Carbonell, presidente del club Ignacio Agramonte, de Tampa, llegó en tren a esta ciudad que se le volvería entrañable. Su ardua labor para unir a los cubanos y organizar la guerra necesaria entraría en una etapa decisiva: el 14 de marzo de 1892 apareció el primer número de Patria, periódico que fundó y dirigió. El 8 de abril fue elegido delegado por los clubes de Tampa, Cayo Hueso y Nueva York; el día 10 —en recuerdo y homenaje de la Asamblea de Guáimaro (1869)—, las asociaciones de cubanos y puertorriqueños fundaron el Partido Revolucionario Cubano y el 17, el Apóstol habló en el acto donde los emigrados de Nueva York ratificaron dicha proclamación.

A mediados de mayo, se comunicó con los presidentes de los clubes, agrupados en los Cuerpos de Consejo, para explicarles las tareas a realizar tanto en Cuba como en la emigración. Días después, el 29 de junio, se comunicó de nuevo con ellos para informarles que entre todos los militares graduados en la guerra, debían decidir a quién la Delegación había de encomendar “la ordenación militar del Partido”. Como eperaba Martí, el general Gómez fue elegido y aclamado.

Con el propósito de entrevistarse con el viejo general, a finales de agosto, pudo el Apóstol iniciar su viaje a las Antillas y llegó a Gonaives, Haití, el 7 de septiembre; continuó viaje ese mismo día hacia Cabo Haitiano. El día 9 llegó al poblado de Fort Liberté, muy cerca de la frontera con Dominicana y continuó hasta Dajabón, separado de la vecina nación por el río Masacre.

Unas horas después, José Martí llegó a Montecristi y se dirigió a la casa comercial de Juan Isidro Jiménez, lugar donde trabajaban Panchito y Máximo, los hijos del general Gómez. Después visitó la humildísima vivienda de madera y zinc, que era el hogar del Generalísimo y donde se hallaban su esposa e hijos; pero no Gómez, quien se encontraba trabajando en su finquita.

A caballo continuó viaje hacia Laguna Salada, poblado donde estaba la finca La Reforma y donde lo recibió Máximo Gómez, allí el delegado y el general conversaron largamente. ¡Tres días duró la trascendente entrevista!

Juntos partieron el día 13 hacia Santiago de los Caballeros, adonde llegaron ese mismo día. En la casa de Ramírez, Martí, a nombre del PRC, escribió la histórica carta, en la que ofrecía a Gómez el mando supremo del Ejército Libertador. A este llamado respondería el Generalísimo el 15 de septiembre aceptando la tremenda responsabilidad:

En cuanto al puesto que se me ha señalado al lado de Ud., como uno de los viejos soldados del Ejército Libertador de Cuba, para ayudar a continuar la obra interrumpida, tan señalada honra, tan inmerecida confianza, no tan solamente deja comprometida mi gratitud, sino que al aceptar, como acepto, tan alto destino, puede usted, Martí, estar seguro que a dejarlo enteramente cumplido consagraré todas las fuerzas de mi inteligencia y de mi brazo, sin más ambición, y sin otro interés, que dejar bien correspondida, hasta donde alcance la medida de mis facultades, la confianza con que se me honra y distingue.3

A partir de entonces, Máximo Gómez se convirtió en el brazo armado de la revolución, en inmediato y útilísimo colaborador, y amigo entrañable del Maestro.

Notas al pie

1 José Nicolás Ramírez Peláez (Camagüey, 1851-Santiago de los Caballeros, República Dominicana, 1899). Tras el Pacto del Zanjón, emigró a Dominicana, donde instaló una farmacia.

2 José Martí: Obras completas, tomo 2, Colección digital, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 161.

3 Emilio Rodríguez Demorizi: Martí en Santo Domingo, La Habana, 1953.

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