Martes, 20 de Noviembre de 2018 - 3:11 pm

Hablando con una estatua viva

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Publicado: 
Viernes, 19 Diciembre 2014
Por: 
Antonio López Sánchez
Antonio López Sánchez
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Antonio López Sánchez
El Yogui. Estatua viviente en La Habana Vieja. Foto: Antonio López Sánchez

La metamorfosis no fue nada fácil. El Mago Merlín me advirtió que el hechizo no duraría mu­cho tiempo, pero que sería de gran ayuda. Ahora soy una piedra invisible, ingrávida, y con el poder de comunicarme solo con mi mente. ¿De qué otro modo puedo entrevistar a una estatua viviente? Me acerco despacio, sin ser descubierto por na­die. En diferentes lugares de La Habana Vieja es­tán ellos y veo algunos durante mi trayecto. Un Minero, un Hada rodeada de palomas y con cas­cabeles que a veces despiertan de un largo en­sueño. Son estatuas vivas, capaces de estar horas y horas sin hablar, sin moverse.
Hoy me encontraré con el Yogui de la India, que levita en medio de las calles. El destello naranja de sus ropas me avisa que he llegado. Apenas hago contacto mental y leo en mis pen­samientos las primeras señales. Se llama Alberto Sán­chez Castellanos, es actor del grupo de teatro callejero Gigantería. Intercambiamos saludos, silentes, imposi­bles de escuchar por nadie más. De inmediato, el levi­tador capta mis preguntas y me responde.

Soy autodidacta. Empecé estudiando danza contem­poránea y no pude continuar. Ahí me incorporé a Gigan­tería en el 2001. Las estatuas las hago desde hace unos tres años. La información y el aprendizaje lo fui obte­niendo poco a poco a través del grupo, sobre todo de los integrantes que ya tenían experiencia haciendo estatuas vivientes. Si te soy sincero, al principio no me gustaba. Me parecía algo muy frío, como que estabas muy distante del público. En realidad, después me di cuenta de que puedes tener mucha más interacción con las personas que con otras artes en la calle.

¿Se necesita entrenamiento para estar congelado durante horas? La respuesta no se hace esperar.

Hay varias etapas. El objetivo es llegar a dilatar todo tu cuerpo. No siempre se logra, pero cuando ocurre es una cosa mágica. Te das cuenta de que estás suelto, relajado, que nada te mueve. Cada cual se crea su mito. El mío es usar la naturaleza de la calle, a partir del saber de catorce años de trabajo. La calle todos los días es distinta, a cada segundo es distinta. Así sé a quién dirigirme, a quién darle una sonrisa, un movimiento o con quién solo cambiar la mirada. Yo tengo un mantra que lo repito mucho, varias veces en cada jornada. Me digo un texto a mí mismo: Que la paz divina ilumine mi alma. Después de estar unos minutos diciendo ese texto, llegas a sentir esa paz. Si todo el mundo lo hiciera, y lo cumpliera, imagínate tú qué bueno sería.

¿Experiencias, buenas, malas?

Hay experiencias de todo tipo. Personas muy mal edu­cadas que te escupen, te empujan, te dicen cosas para que te muevas. Pero también hay su recompensa, porque si alguien te ofende, siempre hay otro al lado que te de­fiende y que regaña entonces a ese que te molesta. Hubo una vez uno que se puso a decir que yo estaba sentado, que todo era un truco, en fin… Y enseguida hubo varias personas que le dijeron: bueno, ponte ahí y hazlo tú si es tan fácil. Hay quien se cree que llegaste desde la ma­drugada. Quien se compadece y te coge lástima porque cree que estás cansado. El objetivo es jugar y usar todas esas cosas. Ser estatua, no es estar enajenado del mundo. Todo lo contrario. Uno está oyendo y viendo todo. La idea es controlar lo que ocurre a tu alrededor. Hasta me he enterado de chismes de la vida privada de la gente, que se paran a tu lado y conversan y se cuentan sus asuntos, sin pensar que tú los estás oyendo.

¿Algún recuerdo especial, alguna anécdota?

El primer día que hice el levitador hubo una tu­rista que, cuando me vio, solo lloraba. Era un llan­to de felicidad, de alegría, de emoción. No le pude hablar, ni siquiera supe si entendía el castellano, pero ella me trasmitía una felicidad, un asombro, que para mí era agradecimiento. Entonces le di la mano y me quedé un buen rato con su mano en la mía. Con este personaje, por ejemplo, he entendido que los cubanos no se dejan pasar una. Enseguida quieren descubrir cómo se hace, cuál es el truco, se quedan ahí hasta que lo averiguan. En lugar de disfrutar la ilusión y ya.

Otra cosa es decidir mo­verte o no. Es muy interesante. Hay quienes llegan y dicen: échale dinero para que se mueva. Y ahí es cuando menos quiero moverme. Porque no tiene sen­tido. Las monedas se agradecen, pero no como un pago para que te muevas, y menos si lo dicen. Esos comentarios no me dan deseos de moverme. Hay quienes no echan dinero, pero te dicen algo agrada­ble, te lo agradecen y entonces el movimiento nace solo. Hay muchachas que me tiran besos o hasta me han puesto cartas de amor en la recogedora.
Veo un grupo de niños que se acerca y la pre­gunta brota sola de mi mente.

Los niños son nuestro mayor público. Los más in­teresados, los que más viven la ilusión. Nos ponen apodos, el hombre que no se mueve, el hombre dise­cado, de todo he escuchado. Y hay un fenómeno muy interesante. Sacas un personaje, con nombre y todo, y las personas le ponen otro. Me pasó con El Marciano. Todo el mundo le dice el Hombre de Hojalata.

Noto que el tiempo de mi hechizo se acaba. Mis pensamientos demoran en viajar. La metamorfosis llegará pronto y dejaré de ser una piedra viva. El poco tiempo que me queda lo uso en lanzar una úl­tima pregunta y apenas logro percibir la respuesta.

¿Y vas a decirnos cómo levitas?

Es muy fácil. Lo hago con la magia de las personas.

Estatua El Hada. Foto: Antonio López Sánchez
Estatua El Hada. Foto: Antonio López Sánchez
Estatua viviente El Minero.  Foto: Antonio López Sánchez
Estatua viviente El Minero.  Foto: Antonio López Sánchez

Comentarios

Me parece increíble que alguien pueda hacer eso...
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