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Mariana, la Madre de la Patria.

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Publicado: 
Lunes, 28 Julio 2014
Por: 
María Luisa García Moreno
María Luisa García Moreno
Imágenes: 
Archivo Web

José Martí, el Héroe Nacional cubano, vio en ella el símbolo de todo el heroísmo y la entrega de la mujer patriota. ¿Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto? José Martí Mariana Grajales, la madre de los Maceo, nació en Santiago de Cuba el 12 de julio de 1815, lo cual ha podido comprobarse en el Libro de Bautismos de Pardos y Morenos de la Parroquia de Santo Tomás Apóstol; aunque otras fuentes citan el 26 de junio de 1808. Era hija de mulatos libres y, como tal, sufrió la discriminación característica de la época. Se casó con Fructuoso Regüeiferos, con quien tuvo cuatro hijos. En 1840 enviudó y tres años después, se casó en segundas nupcias con el campesino cubano Marcos Maceo (1808-1869), licenciado del batallón de pardos del ejército español, en Santiago de Cuba. De esta unión nacieron Antonio, José, Rafael, Miguel, Julio, Tomás y Marcos, además de Baldomera y Dominga. Dos días después del alzamiento de Céspedes, Mariana reunió a su familia y les hizo jurar a todos, sobre un crucifijo, que lucharían hasta la muerte por la libertad de la Patria. Según contaba María Cabrales, la esposa de Antonio —en carta a Francisco de Paula Coronado, fechada el 6 de mayo de 1897—, aquel día Mariana les dijo: “De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos libertar la patria o morir por ella”. Y así fue: su esposo y todos sus hijos, incluidas las mujeres, participaron en las guerras y, tras treinta años de lucha, solo sobrevivieron dos —Tomás y Marcos—, con sus cuerpos llenos de cicatrices. En la estirpe de titanes creada por esta valiente mujer cubana, brillaron bravos guerreros entre los que se destacan Antonio y José, mayores generales, y Rafael, general de brigada, a pesar de que se incorporaron a la guerra como simples soldados. Combate a combate cada uno de ellos fue alcanzando sus grados militares. La propia madre —con 53 años de edad— se lanzó a la manigua y curó heridos en los hospitales de sangre, donde, además, arengaba a los convalecientes para que se reincorporaran a la lucha una vez restablecidos. Mariana permaneció en la manigua durante toda la Guerra de los Diez Años. Cuentan que Marcos Maceo, herido de muerte en la toma de San Agustín, el 14 de mayo de 1869, pidió que le dijeran a Mariana que había cumplido con ella. Resulta muy conocida la anécdota, que tuvo lugar cuando Antonio sufrió su primera herida de guerra en el combate de Armonía, el 20 de mayo de 1869. Ese día, en medio del dolor familiar, Mariana le dijo a Marcos, el más pequeño de sus hijos: “Empínate, que ya es hora de que pelees por tu patria como tus hermanos”. Como madre, Mariana supo inculcar a sus hijos responsabilidad, disciplina, valor y un profundo amor a la patria, a la libertad y a la justicia; pero como mujer y mambisa, sufrió en carne propia las dificultades y escaseces de la guerra, la cercanía de la muerte y el dolor de la pérdida. Martí la visitó en su retiro de Jamaica en 1892 y vibró de emoción con los relatos de la guerra que le hizo la viejecita. Cuando murió, el 27 de noviembre de 1893, el Apóstol habló de ella en Patria (12 de diciembre de 1893 y 6 de enero de 1894). Precisamente, en este último texto titulado La madre de los Maceo, el propio Martí relata la anécdota antes referida: “Fue un día en que traían a Antonio Maceo herido: le habían pasado de un balazo el pecho: lo traían en andas, sin mirada, y con el color de la muerte. Las mujeres todas, que eran muchas, se echaron a llorar, una contra la pared, otra de rodillas, junto al moribundo, otra en un rincón, hundido el rostro en los brazos. Y la madre, con el pañuelo a la cabeza, como quien espanta pollos, echaba del bohío a aquella gente llorona: ‘¡Fuera, fuera faldas de aquí! ¡No aguanto lágrimas!’ […] Y a Marcos, el hijo, que era un rapaz aún, se lo encontró en una de las vueltas: “¡Y tú, empínate, porque ya es hora de que te vayas al campamento!’” Según el historiador Felipe Pérez Cruz, “Para el Héroe Nacional, entre las numerosas mujeres que jalonaron la historia del movimiento de liberación nacional cubano en el siglo xix, Mariana Grajales Coello fue síntesis y esplendor. Martí vio en Mariana el símbolo de todo el heroísmo y la entrega de la mujer patriota, era sin dudas la Madre de la Patria”.

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