Martes, 20 de Febrero de 2018 - 6:58 pm

Para preservar la huella martiana (I)

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Publicado: 
Lunes, 29 Enero 2018
Por: 
María Luisa García Moreno
Imágenes: 
Archivo Web
José Martí "El Apóstol de la Independencia de Cuba"

No siempre recordamos que José Martí, de una u otra forma, participó en nuestras tres guerras de independencia contra el colonialismo español. Durante la Guerra Grande, el jovencito de dieciséis años fue un combatiente clandestino —término que entonces no se empleaba con esa connotación—, quien por su enfrentamiento al régimen colonial sufrió cárcel y destierro. Más tarde, durante la Guerra Chiquita, se integró a la conspiración en Cuba, por lo que sería una vez más desterrado a España, de donde se fugaría hacia Estados Unidos y, de inmediato, se vincularía al Comité Revolucionario Cubano. Fracasados estos intentos, años después fundaría el Partido Revolucionario Cubano para organizar la guerra y en esa contienda entregaría la vida.
Cuando el 10 de febrero de 1878, el reducidísimo grupo de siete miembros que integraba el Comité del Centro, sustituto de la Cámara de Representantes, firmó el Pacto del Zanjón, convenio que puso fin a la Guerra de los Diez Años —mientras aún en Oriente se combatía con éxito contra el colonialismo español—, los desterrados pudieron regresar a la Isla.
Fue así que el 31 de agosto de 1878, tras casi ocho años de ausencia, José Martí Pérez desembarcó con su esposa, embarazada, en la rada habanera. Se sabe —por una carta que le envió a su amigo mexicano Manuel Mercado— que por esta época vivía en Tulipán no. 32, en el Cerro; en ese barrio habanero, Pepe y Carmen solían visitar la Sociedad de Instrucción, Recreación y Beneficencia La Caridad del Cerro, institución que quedaba muy cerca de su hogar. Muy deteriorada, la vivienda fue demolida recientemente y el edificio de la Sociedad se conserva, aunque en un pésimo estado, sin que, además, nada identifique la presencia de nuestro Héroe Nacional en esos sitios.1
Desde su llegada a Cuba, reanudó Pepe sus estrechas relaciones con sus amigos de la infancia, los hermanos Valdés-Domínguez, que continuaban viviendo en Industria no. 122; incluso se cree que trabajó algún tiempo con Eusebio, quien se había graduado de abogado.
Como se sabe, en España Martí se había licenciado en Derecho Civil y Canónico, y en Filosofía y Letras; pero no había podido costear los certificados de sus dos carreras universitarias, lo cual le acarrearía no pocos trastornos en el momento de buscar empleo como abogado y profesor.
Carente de autorización para ejercer la abogacía tuvo que emplearse como pasante en los bufetes de dos amigos: el de Nicolás Azcárate y Escobedo (1828-1894) —donde conoció a Juan Gualberto Gómez— se hallaba en San Ignacio no. 55 y el de Miguel Francisco Viondi y Vera (1846-1919), con quien trabajó después, en Empedrado no. 2, esquina a Mercaderes.
Con autorizaciones temporales en espera de sus certificados, también impartía clases de Gramática castellana, Retórica y Poética a los alumnos de primer año del Colegio Casa de Educación.

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