Lunes, 24 de Septiembre de 2018 - 9:29 am

Sublime son para el alma divertir

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Publicado: 
Lunes, 15 Junio 2015
Por: 
Antonio López Sánchez
Antonio López Sánchez
Imágenes: 
Saroal
Ilustración: Saroal.

La abuela Vinila, un álbum de acetato, deja que la aguja del tocadiscos acaricie sus surcos. Despacio, bajito, una pegajosa melodía se expande por toda la estantería donde viven los equipos y soportes de música. “A mí me gusta mucho, Carola, el son de altura, con sabrosura…” Y algún viejo amor, alguna nostalgia, regresa desde la memoria, mientras una voz irrepetible y gangosa improvisa sobre el estribillo, “suavecito, suavecito…”

Su nieto Mepito, un pequeño reproductor de MP3, se acerca intrigado. Sabe que a la abuela no le gusta que la interrumpan cuando escucha una canción. Pero ese ritmo suena muy diferente y le ha llamado la atención. Apenas calla el último acorde, el moderno equipo no se contiene más.

—Abuela, ¿qué era eso que estabas oyendo?

—Una canción de mis tiempos, de Ignacio Piñeiro, cantada por el Septeto Nacional, que después tuvo también el nombre de Piñeiro, quien lo fundó.

—Pero eso yo lo tengo grabado por un venezolano que se llama Oscar de León —replica el chiquillo, mientras revisa su extensa memoria—. ¿No es suya?

—¡Qué va! —se ríe la abuela de acetato—. Quizás él ni había nacido cuando se escribió. Eso es un son de 1930, y lo han cantado muchos otros artistas

—¡Oye, qué viejo! —y como siempre, al pequeño se le ocurre de inmediato otra pregunta—. Abue Vinila, ¿y quién inventó el son?

—¡Ay, Mepito, qué cosas dices! El son no lo “inventó” nadie. En la música es muy difícil que alguien invente algo así de la nada. Toda la música tiene sus raíces, sus antecedentes y evoluciona y se nutre de varias fuentes, poco a poco, hasta cristalizar en un género o en un estilo determinado.

—¿Pero, entonces de dónde salió?

—¡No te imaginas la cantidad de libros que se han escrito para tratar de descubrir eso! —la abuela se ríe casi a carcajadas, pero ante la cara de desconsuelo de su nieto, intenta la explicación más sencilla—. Mira, el son es el resultado de muchas mezclas; sobre todo, de músicas llegadas desde Europa y desde África, con un poco también del Caribe.

—¿Y qué más? —pregunta Mepito y su pantalla brilla curiosa.

—Siempre fue una música para bailar y de origen muy popular. Nació, fundamentalmente, en las provincias orientales y en el centro de la isla, en el campo y en la ciudad, como parte de las tradiciones de grupos que emigraron a Cuba y de diversas familias y regiones, durante todo el siglo XIX. Es hijo del nengón serrano y hermano del changüí, que son ritmos de Oriente. Hasta que llegó a La Habana y se popularizó, por allá por los años veinte y treinta del siglo pasado. Además, Mepito, no hay solo un tipo de son, único y ya. Cada zona, cada familia hizo sus sones primigenios, aportó y tomó elementos diferentes, y de ese gran intercambio se fue enriqueciendo, pero también se diversificó.

—¿Y han existido muchos soneros?

—¡Muchísimos! El son se conoce en Cuba y en todo el mundo. Mira, después te voy a poner varias canciones de Miguel Matamoros. Pero también estuvo Arsenio Rodríguez, Felix Chappotín, la voz tremenda de Miguelito Cuní. Y los grandes genios de la música cubana, como Benny Moré, con su Banda Gigante; o Celia Cruz, con la Sonora Matancera. ¿Tú sabías que al Benny le dicen El Bárbaro del Ritmo?

—Abuela Vinila, pero esos son de antes. ¿Ahora no hay soneros?

—Claro que sí. Lo que pasa es que la música se moderniza, no se puede tocar igual que en el pasado, y también cambia el nombre y modo de hacerse, aunque la raíz sea la misma. Pero, mira, todavía Eliades Ochoa, La Vieja Trova Santiaguera, o Francisco Repilado, que era el nombre de Compay Segundo, han grabado discos cantando el son más tradicional, casi como en mis tiempos. Está Adalberto Álvarez, a quien llaman el Caballero del Son; o Pupy, cuya orquesta se llama Los que son, son. Y muchas obras de Juan Formell y Los Van Van, o de Irakere y de otras agrupaciones y compositores. Eso, por decirte algunos de los más importantes, porque ahora mismo hay muchísimos, y muy buenos, que hacen música popular bailable. Todo eso viene del son. ¿Conforme?

—No, qué va. Ahora mismo voy a buscar a mi amiga Dividina, a ver si tiene algún video para aprender cómo se baila.

¡Después te cuento, abuela!

Y aprovechando la canción que grabara, sin que Vinila se diera cuenta, pone a sonar sus pequeñas bocinas y repite sonriente el verso para despedirse del disco de acetato. “El son es lo más sublime para el alma divertir…”
 

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