|
Con un sello
cubano
Gladys J. Gómez Regueiferos
Fotos: Ricardo P. de la Rionda
A lo largo
de la historia, la pintura ha reflejado el vestuario,
especialmente aquellas obras denominadas clásicas, donde los
artistas retrataron infinidad de personajes y personalidades de
la época en que les tocó vivir.
Gracias a
ellas se conocen las vestimentas que, como manifestación
sociocultural, ponían de manifiesto las costumbres de los
pueblos en las actividades de carácter religioso, recreativo,
festivo o laboral en que se encontraban, y constituyen, en la
era moderna, un valioso testimonio.
Similar
tarea desempeñó la literatura. Los autores de diferentes géneros
describieron con lujo de detalle la imagen de sus personajes,
reales o de ficción, en los distintos contextos sociales donde
se desenvolvían. De esta manera, lograban darle autenticidad a
los personajes y las ropas como parte intrínseca del carácter
humano, su personalidad; dicen mucho de los valores de un
momento histórico vivido. Es un modo muy eficaz para hacerlos
creíbles a los lectores. Para suerte nuestra en ambas
manifestaciones el pueblo cubano ha recibido un valioso legado.
A propósito
del ya tradicional Día de la Cultura Cubana, te hablaremos de
dos figuras de la literatura nacional que, en diferentes
momentos sociales, fueron testigos de la conformación de nuestra
cultura del vestir.
Cirilo
Villaverde, autor de la novela Cecilia Valdés ─obra cumbre de la
literatura del siglo XIX que tú has estudiado en clases ─hacía
notar en sus páginas la preocupación de las cubanas y cubanos de
su época por la moda en estas breves línea . . .en vísperas
del sarao la juventud de ambos sexos acudían en tropel a los
establecimientos de modas y novedades para hacerse de trajes
nuevos, de adornos, joyas y guantes.
. .
En el
período colonial las modas llegaban de España al Nuevo Mundo.
Proliferaban en nuestro país las sastrerías y modistas ─muchas
francesas ─dedicadas a confeccionar ropas por encargo. Las telas
y accesorios eran importados de Europa y ya se ilustraban las
modas en publicaciones periódicas como la revista La Moda
o Recreo Semanal del Bello Sexo.
Renée Méndez
Capote, en su libro autobiográfico Memorias de una
cubanita que nació con el siglo, describe escenas
como esta:
Mamá se
cosía con madame Laurent en la calle de OReilly. Allí en un
modesto probador pintado de blanco, con un gran espejo, dos
sillas, una plataforma para redondear los dobladillos y un viejo
alfiletero raído a fuerza de uso, me fue revelado la
voluptuosidad infinita de los trapos, el placer de tocar las
sedas, la belleza de los bordados, la armonía de los colores, la
contemplación asombrada de como iba surgiendo un vestido de la
prueba. . . Testimonio fiel de las costumbres del principio
del siglo XX. Ella quien nació en 1901; justo cuando comenzaba
la República mediatizada con la intervención norteamericana y
lamentaba la pérdida de las tradiciones de la costura manual por
ropas seriadas confeccionadas en talleres; fenómeno tecnológico
introducido por los ocupantes.
Una muestra
de su sentir es el siguiente fragmento:
La
sociedad cubana de mi infancia era de formación europea. Lo
norteamericano era entonces despreciado por bárbaro y de
inferior calidad. . .
Sobre esta
base se fue consolidando nuestra cultura del vestir, rescatando
todo aquella herencia fomentada por los diseñadores de modas
consagrados y por la nueva generación.
Tanto los
profesionales vinculados a la industria, como autodidactas y
artesanos se empeñan en no perder ese hilo de continuidad y cada
uno, con su sello personal, diseña una ropa marcadamente cubana.
Color, corte, estructura, son una muestra de la idiosincrasia de
todos los nacidos bajo este cielo y tórrido sol.
|