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María
Luisa García Moreno
El
cubano –alegre y jaranero, pícaro y simpático, imaginativo y
vivaz– se muestra de cuerpo entero en su forma de hablar,
reflejo inequívoco de su idiosincrasia. Nuestra variante del español
podrá ser popular –como lógico reflejo de nuestra real y
verdadera democracia–,
y algunas veces,
hasta vulgar; pero es siempre pintoresca... De
ahí los ocurrentes piropos, la fraseología popular, el reflejo
de nuestro sistema sociopolítico en la lengua que, de esa manera,
contribuimos a enriquecer.
Muchas son las voces que los nativos de esta isla hemos aportado a
la lengua castellana, que los colonizadores trajeron ayer de España
y que hoy es una de las más habladas en el mundo entero. En
aquellos primeros tiempos de la conquista, cuando aún los aborígenes
no habían sido exterminados, palabras que reflejaban su realidad
se fueron incorporando a la lengua hispana; es el caso de areíto, batey, behíque,
bohío,
caney,
cohíba… así como
el de aquellos vocablos que daban nombre a las plantas y animales
autóctonos: almiquí, bijirita, chillina,
chipojo, ciguaraya,
coralillo.
Azúcar, nombre del producto que por tantos años fuera el primer
renglón de nuestra economía, es palabra de ascendencia árabe,
pero esta industria cubana también ha dejado su huella en la
lengua de Cervantes; así llamamos alzador al hombre que levanta la caña cortada y alzadora
a la máquina que realiza esa misma tarea; distinguimos entre azúcar
blanco directo y azúcar
prieta; creamos guaraperas
y roneras para procesar esos
derivados; sabemos de la difícil labor de los macheteros.
La historia de Cuba, sin duda, ha dejado su marca en la
lengua: cuando recordamos el bocabajo,
bárbaro castigo aplicado a los esclavos; cuando al mencionar
a los nacidos en Camagüey les llamamos agramontinos,
en alusión al más insigne de ellos; cuando en Liborio
personificamos al infeliz cubano de la República o en los barbudos
a los heroicos rebeldes que nos trajeron la independencia
definitiva; cuando decimos para hablar de los cubanos que se
fueron al monte a alfabetizar, gusanos o brigadistas
vendepatrias para
referirnos a los desafectos a nuestra Revolución o de bandidismo
aludiendo al fenómeno ocurrido en la década del sesenta en
el Escambray y otros sitios de Cuba.
Aún quedaría decir que ese proceso de institucionalización
democrática que viene ocurriendo en nuestro país a partir de
1959 también ha aportado no solo vocablos, sino también una
curiosa forma de crear palabras: a partir de siglas. Y ahí están
los ejemplos: anapista (ANAP), anirista (ANIR) y cederista (CDR).
Mucho
más pudiera decirse para confirmar que el español, nuestra
lengua nacional, es parte de nuestra cultura, de esa que aunque se
gestaba desde antes afloró en Bayamo, el 20 de octubre de 1868 y,
de entonces para acá se ha enriquecido y consolidado de forma
continua.
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