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El Abra: donde José Martí alimentó el amor

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Publicado: 
Miércoles, 27 Enero 2016
Imágenes: 
Lázaro David Najarro Pujol
Finca "El Abra"

En la finca El Abra, Isla de la Juventud, José Julián Martí Pérez curó las  heridas causadas por las cadenas y el roce de los grilletes durante su prisión en Las Canteras de San Lázaro, en La Habana. En el Abra fecundó ideas y pensamientos. De las canteras, donde fue obligado a realizar trabajos forzados en mil 870, con solo 17 años, viajó a El Abra. En su alma: “El  orgullo con que agito estas cadenas valdrá más que todas mis glorias futuras…” La dedicatoria que Martí inscribió, el 28 de agosto de 1870  para su madre doña Leonor Pérez Cabrera en una fotografía con el traje de presidiario, con grillos al pie, cuando fue destinado a la Primera Brigada con el número 113, contiene el sufrimiento, espíritu y fortaleza moral:

Mírame, madre, y por tu amor no llores: Si esclavo de mi edad y mis doctrinas, Tu mártir corazón llené de espinas, Piensa que nacen entre espinas flores. Tiene razón su maestro Rafael Mendive: “Por el dolor se entra a la vida: por la poesía se sale de ella”. Martí llegó a la Isla el 13 de octubre de 1870  con el dolor de los latigazos en la espalda, la sangre viva y las pesadillas del horror, pero en el corazón latía la poesía para mitigar el sufrimiento y alimentar el amor.  Acogido por el bondadoso catalán José María Sardá, desembarcó con el cuerpo lleno de llagas y los ojos alterados por la cal y el sol sobre las blancas piedras por él cortadas y cargadas. Ni los 65 días que permaneció en El Abra fueron suficientes para sanar las huellas del dolor físico, pero el Martí, el hombre sufrido e inmenso, mantuvo el vigor del espíritu. En El Abra respiró el aire puro del monte y observó los colores de la exuberante campiña; escuchó los cantos de los zunzunes y  los gallos.  Miró con ojos cariñosos una y otra vez a Sardá  quien desafiaba la oscuridad con el quinqué en la mano para recibir a algún forastero. Allí, había arribó por un camino sombreado por frondosos árboles. Se asentó en la primera habitación del segundo cuerpo de la residencia, entre dos montañas, rodeada de maíz, algodón, tabaco y café, cultivos alimentados por un manantial. Las huellas del joven José Martí siguen en El Abra, en la replica de la casa que amparó a a quien después se convirtió en Héroe, formada por tres cuerpos arquitectónicos independientes que perpetúan los rasgos de las grandes haciendas catalanas. La luz reflejada por el mármol rosado de los cerros de la Sierra de las Casas, se expande sobre la finca.

Y Beatriz Gil Sardá, descendiente de la familia que lo cuidó, siente la presencia del Apóstol: “Porque Martí, sigue ahí, Martí sigue caminando por el lugar, sigue respirando ese aire fresco del lugar y sigue contagiando con sus ideas también El Abra”. Y al paisaje histórico y de vegetación casi única, lo embellecen también la gigantesca ceiba, testigo silencioso de los días de José Martí en El Abra y el reloj del sol  iluminado por el alba, para medir con precisión el tiempo.

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