Lunes, 12 de Noviembre de 2018 - 7:22 pm

El extraño caso de los tres fantasmas bufos

Total de votos: 14
Vota por este contenido.
Publicado: 
Lunes, 10 Noviembre 2014
Por: 
Antonio López Sánchez
Antonio López Sánchez
Imágenes: 
Ismael Almeida
Teatro Martí, reabre sus puertas.

A la puerta del capitalino Teatro Martí, todavía de estreno después de su reapertura, me recibe Isachi Durruthy Peñalver, la especialista que atiende Promoción Cultural. Una orquesta ensaya y los sonidos son desordenados. Se oyen un platillazo, una trompeta, un tambor. Isachi me pide que la siga. Descorre una cortina y, al invitarme a entrar, algo inusual me sucede.

De pronto todo se oscurece, y a mi lado aparecen tres extrañas figuras. Uno lleva guantes negros, la cara tiznada y una pícara sonrisa de oreja a oreja. El segundo trae una boina. Y la otra es una mulata zalamera, que pronto se acerca y me habla. ¿Un negrito, un gallego y una mulata, en el siglo XXI? ¿Fantasmas en pleno verano?

—¿Tú eres el periodista, mi niño? —me dice ella sonriente y me quedo mudo. Sigue hablando, toda risa—. ¿Qué, te comieron la lengua los ratones?

No hace caso de mi silencio. Me agarra de la mano y me lleva al escenario.

—Después preguntas lo que quieras. Yo sé a lo que viniste. Te cuento. Este teatro acaba de cumplir 140 años. José Fornaris, el poeta de Bayamo, lo bautizó como el Coliseo de las Cien Puertas. Claro, el 8 de junio de 1884, cuando lo inauguraron, no había aire acondicionado. Primero se llamó Irijoa, el apellido del constructor, un vasco llamado Ricardo. Después lo quisieron americanizar, como Eden Garden, pero, por suerte, al iniciar la República, le pusieron Teatro Martí. Aquí se reunió la Asamblea Constituyente, en 1901.

—Aunque después los de arriba hicieron lo que quisieron —tercia irónico el negrito y deja ver una blanca sonrisa en su cara tiznada. El gallego lo secunda—. Sí, con todo respeto hacia la Carta Manga…

—Dejen eso. ¿Viste las palabras del escritor Reynaldo González? —la mulata no me deja responder y lee en voz alta—. En su escenario sentaron plaza el humor y el sentimentalismo, la exaltación y el choteo, materias imprecisas, pero insoslayables de lo que llamaron perfil cubano. En este teatro se impuso un género, que trató en chanza los asuntos más serios. Eso hicimos nosotros con el teatro bufo. Una mirada sarcástica a la realidad, con la picaresca que las tablas recibieron de España y la sandunga heredada de África, para criticar la chapuza que mal hilvanó nuestra sociedad republicana.

—¿El teatro qué? —suelta el negrito, y la mulata le responde—. El bufo. Lo cómico, lo grotesco, el choteo, la burla. Una tradición cubana importante. Aprende, el teatro vernáculo es el propio del país, algo nuestro, una raíz.
—Verná…Verné…Mejor ni digo esa palabrita

—afirma el negrito, muy serio.

—¿Y nada más se hizo choteo? Porque yo no tenía trabajo siempre, rediez.

—¡Ay, gallego, mira que eres bruto! Claro que no. Imagínate que hasta un circo llegó a haber en este escenario. El Santos y Artigas, por el año 1936. Y hubo cine. Pero el teatro musical fue lo mejor.

Te digo, aquí se estrenó, en 1932, la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla —la mulata se agarra el borde del vestido, va al proscenio y canta con voz de soprano—. ¡Yo soy Ceciiliiaaa, Cecilia Vaaaaaldeeeeeés…!

—Deja eso, mulata, por Santiago, y cuenta más —pide el gallego.

—Está bien, gallego, pero tú no eres el periodista —me mira, yo sigo mudo, y ella sigue su narración—. Nada, que por aquí pasó lo mejor de la música cubana. Los maestros Ernesto Lecuona, Rodrigo Prats, el propio Roig, que hasta dirigieron sus orquestas y todo. Composiciones de Eliseo Grenet, de Moisés Simons, de Jorge Ankermann.

Obras que hoy son clásicos, como María La O, como Amalia Batista o Rosa La China. Y cantidad de actores y actrices de primera. Es más, por si te gustan las matemáticas. Desde el 7 de agosto de 1931 hasta noviembre del 1936, se habían realizado 3 622 funciones, de 379 títulos. Con un montón de géneros: revistas, apropósitos, comedias,
sainetes, zarzuelas, juguetes, operetas, farsas, parodias, diálogos, monólogos y entremeses. Todo eso se hizo aquí, en este mismo escenario.

—¿Y te acuerdas de algún otro autor? —logro decir algo, todavía muy asombrado. El negrito no pierde el chance—. ¡Habló don Rafael del Junco!

—¡Déjalo tranquilo, chico! —me defiende la mulata y hace memoria—. Ya te hablé de los compositores… Ah, sí, mira, Carlos Robreño, Agustín Rodríguez, también escribieron. Y después, Eduardo Robreño o Enrique Núñez Rodríguez. Claro, ya eso fue luego de enero de 1959.

—De eso sí me acuerdo —dice el gallego y rememora—. Se hizo el Grupo Teatral Jorge Anckermann… Actuamos en muchas obras. Pero se disolvió en el año 1972…

—Hasta que cerraron el teatro, porque estaba muy viejito y había que arreglarlo —dice el negrito y disimula la tristeza poniendo voz de anciano.

—Pero ahora abrió otra vez. Lo que hace falta es que venga un grupo a hacer de nuevo aquí el teatro bufo —la mulata baila y canta con entusiasmo. El gallego la apoya—. Pues, claro, rediez. Más teatro…

—Y más música, y más baile —y el negrito tira un pasillo de rumba.

—¿Y a ustedes les gusta como ha quedado el Teatro Martí? —pregunto.

—Claro, si está precioso —la mulata de nuevo responde—. Fíjate que la rehabilitación de este lugar obtuvo el Gran Premio del IX Salón Nacional de Arquitectura y Urbanismo. Para nosotros, a teatro nuevo, arte contento.

—Y escribe ahí, periodista, que ahora hay que cuidarlo, ostras. Y que al teatro hay que venir bien vestido, y no hacer bulla con los aparatos celulosos esos…—enumera el gallego.

—Celulares, teléfonos celulares, chico —rectifica el negrito—. ¡Cultívate, gaito!

—¡Ya dejen eso! —interviene la mulata—. ¿Te hace falta saber algo más?

Pero cuando voy a responder, se descorre la cortina. Algo como un chorro de luz me sacude. Al abrir los ojos, veo de pronto a Isachi, que toda amabilidad me invita a pasar, me explica que hay un ensayo. Y retumba un platillazo, una trompeta, un tambor, desordenados. Pero al entrar y mirar alrededor, por detrás del ruido, como el rumor de unos fantasmas de verano que solo yo puedo escuchar, oigo que suena una rumba, un coro y unas palmadas, y algo como la alegre voz de una mulata que canta.
 

 
 

Interior del Teatro Martí.
Interior del Teatro Martí.
Detalles del interior del teatro Martí.
Detalles del interior del teatro Martí.
Image CAPTCHA
Introduce los caracteres de la imagen

Efemérides

Historietas

Estadísticas

  • Visitantes: 451556
  • Usuarios Registrados: 2796
  • Último Usuario Registrado: Daniela S.M